A Camilo Aldao con Laiseca y Leo

Por Juan Guinot | Nota publicada en El Ansia 1


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El autor de esta crónica narra el viaje que hicieron en febrero de 2006, junto con Leonardo Oyola y el propio Laiseca, al pueblo del sur de Córdoba en el que el autor de Los sorias –rosarino de nacimiento– vivió hasta su adolescencia.


Segundo viernes de febrero. Cuatro de la tarde. En Caballito hace un calor de cagarse.

Laiseca separa la copitaza de la boca y de un lengüetazo barre la espuma de cerveza colgada de sus bigotes. Apoya la taza sobre una marca redonda (impresa en el escritorio) y la cubre con una hoja blanca, que tiene dibujos de palitos, uno al lado del otro.

Frente al escritorio, arriba de la cama, las gatas se funden en un sueño contagioso.

Sobre ellas, el maestro y nosotros, se ovilla el humo de los cigarrillos. Laiseca golpea las manos en el aire, una de las gatas levanta una oreja. En el patio, los perros abandonan una efímera cucha de sombra y pegan los hocicos al vidrio del portal.

Laiseca se lava las manos con un repasador, manotea una lapicera, con la mano izquierda saca la hoja que cubre la taza, la apoya sobre una resma, marca un nuevo palito sobre el papel, hace un conteo de marcas, escribe un número y, mientras repone la hoja sobre la taza, nos dice que esta semana mató setenta y cuatro mosquitas.

Lo escuchamos con el respeto marcial de los soldados al General; sus guerras son nuestras guerras. El silencio amenaza con expandirse y lo enfrento, le digo a Laiseca que, junto a Leo, pensamos en ir con él a Camilo Aldao la próxima semana, el viaje sería mi única despedida de soltero.

El brillo infantil de los ojos de Lai se abre paso entre la bocanada de humo que acaba de soplar.

Un “¿Están seguros?” suena a “no me ilusionen al pedo”.

De mi mochila saco el ancho de espadas para ganarle la mano a la duda, una hoja con la reserva del hotel.

Laiseca se reacomoda en la silla, tuerce el pescuezo, gira levemente el torso hacia la pared, estira el brazo derecho. Con los dedos mayor e índice (acogotando un cigarrillo) toca el cuadro con la foto de la plaza de Camilo Aldao, sus labios se mueven débilmente, dice algo que no escuchamos. Lai, una semana antes de salir, empezó su viaje.


Tercer viernes de febrero. Dos de la tarde. En Corral del Bustos, el sol parte la tierra.

Estamos en el restaurante del Casino de Corral de Bustos. Acá haremos base. No en el Casino, sino en el pueblo. El plan es hacer la tienda de campaña a veinte minutos de Camilo Aldao. La invasión al pueblo será a primera hora del sábado y por sorpresa. Además, en Corral de Bustos Laiseca hizo el secundario y tiene la intención de encontrarse con un amigo de tropelías, El Tono López, a quien no ve desde hace más de diez años y de quien no recibe noticias desde el 2000. Laiseca no lo dijo, pero con Leo intuimos que Lai teme que al preguntar por El Tono López se le dé la peor noticia.

Esperamos por las milanesas con papas fritas que acabamos de pedirle al mozo. Desde la única mesa ocupada en todo el local, cuatro hombres no dejan de mirarnos y hablar entre ellos.

El mozo trae una botella de Malbec, no veo la hora de descorcharlo, me aguanté las ganas de chupar todo el viaje. Después de empinar el primer vaso, recién ahí siento que dejé de manejar.

Atrás quedaron cinco horas de viaje, donde faltó mate, pero no así latas de cervezas, debidamente refrigeradas en una heladerita, que acabaron escurriéndose entre las manos de Laiseca. El viaje tuvo una sola parada. Fue en una estación de servicio, esas que están en medio del campo, con dos mangueras expendedoras, baño con pozo, perros flacos y un salón de café y tragos, donde hay más moscas que parroquianos y se sirve el mejor Gancia del mundo. La detención duró los cinco tubos de Gancia y cuatro platitos de ingredientes que se mandó el maestro.

Acá, en el restaurante del Casino, la tensión de las horas de manejo se va de mi cuerpo, mientras crece la de Lai. Leo pesca al vuelo lo mismo que yo y se apura a preguntarle al mozo por el amigo de Laiseca. El mozo piensa, Lai respira profundo, pasa las palmas de las manos sobre el mantel. El mozo dice que no lo conoce. Salto, de una, y aprovechando el interés en nosotros, manifestado por los vecinos de mesa, le pido al mozo que consulte a los señores si saben algo del tal Tono. El mozo cumple. Los señores intercambian miradas serias. No quiero ni mirar a Lai.

El más vejete de los hombres, sin levantarse de su silla, toma la palabra y nos dice que Tono López murió hace unos años. “La puta madre”, suelta Laiseca y se lleva las manos a la cara. Como último recurso, antes de decir nos vamos a la mierda, se me ocurre preguntar si murió López padre o hijo. Laiseca se saca las manos de la cara, me mira extrañado. El vejete me dice que el muerto era el Tono padre, que tenía noventa y tantos pirulos, que el hijo vive a cuatro cuadras del Casino. Les agradezco. Lai suspira y hace un fondo blanco con el vaso de vino. Con Leo nos miramos, sabemos que zafamos de una fea y que, como fieles escuderos, tendremos que tener las armas prestas para contrarrestar nuevos embates.

Llegamos a la casa del Tono López. Postigos cerrados, un perro que ladra desde el fondo de la casa y nadie que atienda.

Lai vuelve a derrumbarse, lo invade la desilusión, de camino al centro, conjeturamos que, como estamos en febrero, tal vez el amigo se tomó vacaciones. En eso, veo el cartel del canal de cable. Le digo a Leo y Lai que me esperen.

Toco la puerta del canal. Me atiende un flaco. Le digo que estoy con Laiseca, el de I-Sat, que si quieren hacerle una nota, aprovechen porque estamos por irnos. Atrás del pibe sale una gordita muy simpática y tetona, se presenta como la conductora del noticiero y dice que quiere hacerle una nota. Le agradezco al Cielo la ofrenda que acaba de enviarnos.

La nota de Lai fue impresionante, no dejó de decirle a la chica lo linda que era y hasta le confesó ser el mismísimo Drácula y le pidió que le deje clavarle los colmillos en el cuello. La piba, que empezó riéndose nerviosa, al final de la entrevista, reía con miedo.

Vamos al hotel, nos registramos, nos tomamos un par de horas de descanso. El viernes está salvado. Lo que queda del día será descubrir una parrilla para comer un asadazo.

Salimos del hotel a las ocho de la noche. En el bar de la esquina hacemos un alto, chupamos una cerveza. Preguntamos, porque siempre es bueno que el pueblerino te marque la posta, dónde comer una rica parrillada y nos dan una indicación, sencilla. Caminamos unos minutos. Si no entendimos mal, llegamos al lugar, un almacén con cuatro mesas, una heladera mostrador, una heladera de Frigor y una tele encendida.

Somos los primeros clientes de la noche. Pedimos una picada, parrillada, ensaladas y vino tinto. El dueño del lugar va hasta la heladera de Frigor, abre la puerta, mete la mano y nos dice “yo les recomiendo este costillar”. Le damos el ok y al segundo olemos a carbón recién prendido. Nos espera una larga velada.

Después de dos botellas de tinto, salame, queso y dos canastas de pan, llega el asado. Seguimos siendo los únicos clientes de la noche y nos sentimos con derecho a pedirle al dueño de casa que sintonice I-Sat en la tele. Al toque, empiezan los cuentos de terror, con Laiseca adentro y afuera de la tele. Los dueños del restaurante alternan la mirada entre la tele y Lai. Al final, nos invitan con un helado Frigor.


Tercer sábado de febrero. Ocho y media de la mañana. Cartel de bienvenidos a Camilo Aldao. Corre el aire fresco de la soja.

Estacionamos el auto en la banquina, al lado del cartel que da la bienvenida al pueblo. Laiseca abre la puerta, sale del auto, se acerca al cartel, lo camina letra por letra. Se para al lado de la O, pone las manos en jarra. Mira el campo, “ni una puta vaca, ahora todo es soja”, nos dice sin disimular el fastidio. Un auto pasa, toca bocina, lo saludamos. Laiseca nos da la indicación de avanzar sobre el pueblo y copar el bar de la Terminal del Ómnibus. Estamos frente a la plaza principal de Camilo Aldao. Con Leo le decimos que la plaza está igual a la foto que tiene en la casa y él nos dice “todo no está igual” y se mete en el bar de la Terminal.

Sentado, con el Gancia matinal en la mano, nos confiesa lo duro que se le hace arrancar el recorrido por el pueblo, piensa que hay gente que ya pudo haber muerto, lleva una década sin venir. El Gancia le dura dos cigarrillos. Pide otro.

Se me ocurre repetir la fórmula exitosa del viernes, le digo que voy a ir a ver si la televisora de Camilo Aldao está abierta. Salgo del bar y me meto en el kiosco de la Terminal. Ante mi pregunta, la mujer que atiende el kiosco me dice que no hay televisora en el pueblo. La veo tan solícita y atractiva que le digo que en el bar estamos con el escritor Laiseca y ella me dice “el hijo del Doctor, el que sale en la tele”, y le digo que sí, ella me sugiere que vaya a la radio y avise que vino Laiseca así todos se enteran. Le agradezco la sugerencia, ella me dice que la radio es “ahí nomás” y señala la cuadra de enfrente. Antes de ir, la invito a compartir un café con Laiseca.

Reaparezco en el bar, presento a la kiosquera, una sonrisa redondea los mofletes de Lai. Le digo a Leo, en voz baja, que me aguante un rato. Las puertas de la radio están cerradas, no puedo volverme sin la nota. Miro la pantalla del celular, faltan cinco para las diez. Decido esperar unos minutos, voy y vengo por la vereda. La gente que pasa en bicicleta y a pie me saluda, más para junar quién soy que para demostrar el buen trato camiloaldaense a los forasteros. Un pibito en bici sube a la vereda y para a mi lado. Se baja de la bici, saca una llave del bolsillo y abre la puerta de la radio. Lo abordo. El pibito me dice que su padre es el dueño de la radio y que el papá está por venir a hacer el programa de la mañana. Le digo, en tono mandón, que lo llame al viejo y le diga que en un rato lo traigo a Laiseca para que le hagan una nota en vivo. El pibito se mete volando, llama por teléfono. Me rajo; si en lugar del viejo llamó a la policía, que me agarren con mis compañeros de aventura.

A las once y cuarto de la mañana Lai está hablando por la radio de Camilo Aldao a todo el pueblo. Espontáneamente aparecen unos jóvenes, llama gente para saludarlo. Con Leo, del otro lado del vidrio, y secundados por un calendario con la foto de Karina Jelinek en tanga, festejamos el éxito.

Después de almorzar, recorremos la plaza principal, Lai nos explica quién es cada uno de los personajes que componen una secuencia de monolitos. Salimos de la plaza, andamos dos cuadras y paramos frente a su casa de la infancia. No se anima tocar el timbre, el dueño actual es un gestor automotor, ni se acuerda el nombre. Desde la vereda, nos muestra dónde está su pieza de la planta alta. Tiene los postigos cerrados, nos dice que adentro de ese dormitorio está el monstruo que vive debajo de la cama. La puerta de entrada está abierta, se ve un largo pasillo. Lai mira el interior de la casa unos segundos, se da vuelta y nos pide seguir viaje.

Camilo Aldao duerme, mientras Laiseca le saca las sábanas a su pasado. Caminamos tres cuadras y llegamos a la Escuelita Fiscal, que hoy se llama distinto, pero que no ha cambiado siquiera el mástil de la época en que Laiseca cursó el primario. Damos la vuelta a la manzana.

Lai dice que quiere mostrarnos la casa de la última mujer de su padre. En el corto trayecto junto fuerzas, tengo que estar preparado para lo peor. Lai golpea las palmas delante de una casa con jardincito al frente, gran ventanal con la persiana baja y un pasillo que lleva a la puerta principal. De esa puerta, sale una anciana, camina lento, Lai se adelanta, a mitad del pasillo se abrazan, ella dice “Albertito, Albertito”, él le pregunta “¿cómo estás?”, y ella, con voz quebrada, responde “en las consecuencias finales”. Se separan, se miran, ella le pasa la mano por la cara, se despiden.

En la vereda nos reencontramos. Lai se pasa el dorso de la mano por la nariz y ojos, nos invita un Gancia en el bar de la Terminal.

Entramos al bar de la Terminal. Solo está el flaco de la barra y la tele en Tropicalísima. La cumbia a todo volumen, más los culos y las tetas en la pantalla le cambian la cara al maestro.

Me excuso de la segunda ronda de Gancia, voy por unas pastillas al kiosco de la Terminal. Leo viene conmigo. En el kiosco, le preguntamos a la mujer si oyó el programa de radio y ella dice que sí y que anda todo el mundo alborotado con la visita de Laiseca. Dice que admira a Lai, “para triunfar con el arte, tenés que rajar de acá”, sentencia. Decimos un “y sí”, más por cumplir que por conocer la realidad de pueblo y nuestra expresión solidaria invita a que la mujer se despache con su historia. Nos cuenta que es cantante, que grabó canciones, pero que nadie le compra los CD porque es de acá (los señala, apilados sobre el mostrador). Viéndola tan locuaz, la invitamos a tomar algo con nosotros, nos vendría de perillas que sume su energía a la nuestra. La vemos dubitativa. Con Leo no dudamos, le compramos un CD cada uno. Al minuto está sentada en el bar, meta charla con el maestro.


Tercer sábado de febrero. Seis de la tarde. Zona rural de Camilo Aldao. Perfume de bosta.

Antes de pegar la vuelta a Corral de Bustos, Laiseca quiere saludar a un amigo de la infancia. Parece que con el Negrito se mandaron cagadas antológicas y si Camilo Aldao sigue en pie después del paso de ellos, ningún desastre de la naturaleza puede inquietar al pueblo.

Buscamos al Negrito en cuatro casas, sin dar con él. Preguntamos en una panadería. Un señor, aferrado a su bolsa de facturas, nos indica cómo llegar al campo donde, ahora, vive el Negrito. Dice que es fácil, hay que seguir derecho por la calle de la panadería, unos cinco minutos, es la primera tranquera pasando la Feria de ganado. Vamos en el auto. La calle se transforma en gran camino de tierra, nuestro propio andar nos envuelve de polvo y si no fuera por el penetrante olor a bosta, ni cuenta nos damos dónde carajo está la Feria de ganado. Nos metemos en la primera tranquera. A nuestro cruce salen perros de todos los tamaños y ladridos. Más adelante, vemos a un hombre y una mujer. Freno y apago el motor. Un silbido brota del campo y los perros desaparecen de la escena. Bajamos del auto.

El hombre y la mujer están a pocos pasos, el tipo dice “¡Alberto!”, Lai responde “Negrito”. Se abrazan, con Leo nos hacemos los interesados en el blend de perfumes de bostas, nos alejamos para el lado de la Feria. Desde la distancia, los vemos conversar. Más lejos, la mujer, con los perros alrededor, los mira. En eso se abrazan, Lai va para el auto. Caminamos apurados.

Subimos al auto, doy la marcha y emprendemos la partida.

Volvemos a entrar al pueblo, Lai pide volver al hotel.

Estamos en la ruta, pasamos el cartel de bienvenidos a Camilo Aldao. Pongo el CD de la chica del kiosco de la Terminal. Coincidimos en que canta muy bien. El cuarto tema es “América”, con Leo sumamos nuestras voces, más por descargar tensión que por otra cosa. Cantamos para el orto. Nos reímos. El clima, adentro del auto mejora. Llegamos al cruce de rutas que nos lleva a Corral, freno, ruta libre, giro a la derecha.

Ni bien entramos a Corral de Bustos, Lai dice que para él la visita ya está, que si queremos podemos volver a Buenos Aires el domingo bien temprano.


Tercer domingo de febrero. Diez de la mañana. Manejar con lluvia es una mierda.

Hace una hora que salimos de Corral de Bustos. En el hotel, desayunamos con los jugadores de Ben Hur de Rafaela. Hubo uno que se acercó a saludar a Lai, le dijo que le gustaban mucho los cuentos de terror. Lai le agradeció.

Nos fuimos de la ciudad tapados por el agua. Desde que salimos no para de llover.

Un camión nos lleva con su spray de cola. Después de quince minutos me animo a pasarlo.

Manejar con lluvia es una mierda. Por suerte, adelante, parece que aclara. Lai, en el asiento del acompañante, hace rato que mira el reloj en su muñeca y los mojones de la ruta con los kilómetros que restan a Buenos Aires. Entre evocación de anécdotas, ajusta sus estimaciones de arribo. Avanzamos al claro del día, el que nos lleva a Buenos Aires. Atrás dejamos las nubes, la lluvia y Camilo Aldao.

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