Abecedario Laiseca

Por Guido Herzovich | Nota publicada en El Ansia 1


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A


ARTE. En el local del sindicato, un empleado telefónico empieza a contar una historia “que se me ocurrió para un cuento o una novela”: “Se titula Un Napoleón que fumaba. Rápida síntesis: un millonario joven, llamado Napoleón, compró un planetoide deshabitado de ‘equis’ kilómetros de diámetro y se instaló en él a vivir. Con máquinas carísimas produjo aire, luz, calor, gravedad artificial. Dividió la superficie del cuerpo celeste —de no más de unos pocos cientos de kilómetros cuadrados— en una serie de países arbitrarios y les puso nombres que él mismo inventó. No sé... Francia, por ejemplo —te estoy diciendo un sonido cualquiera...—, Inglaterra, Alemania, Austria, Rusia, Checoslovaquia, Norteamérica...”.

Otro telefónico lo interrumpe: “¿Por qué decís nombres de países inventados? Rusia existe —protesta—. (...) ¿Y por qué no ponés todos países que existen en la realidad: Rusia, Soria, Protonia, Protelia, etc.? O que sean todos reales o todos imaginarios. Si ponés Checoesto... no sé qué, Norteamérica, etc., en vez de Rusia, poné, qué se yo: Milanesoria. Pero no Rusia”. El primero, lanzando “un suspiro horrendo”, descarta la objeción: “Mi querido amigo: observo con pesar que no tienes ni la más remota idea del significado de la palabra arte”. (Los sorias, 49)


C


COMUNISMO. “El comunismo es una cagada. Porque destruye la variedad”. (Entrevista El Ansia)


CH


CHICHI. “‘Chichi’ era una palabra inventada por los tecnócratas. En general significaba ‘mala persona’, pero en realidad su sentido era más amplio”. (LS, 65-6)


D


DELIRIO. “Allí, sin darse cuenta, entró en delirio...” (LS, 33): el delirio en Laiseca es la ficción misma, que no se constituye en el acto de establecer una lógica interna que regule la incorporación (transformada, etc.) de los materiales, habilitando, por lo mismo, todo lo cifrada que se quiera, una clave de lectura. Su potencia narrativa, en cambio, toma su fuerza de la ambición de fagocitarse y escupir ante todo esa lógica y esa clave: aniquiliarlas (annihilare: reducirlas a la nada). A veces un paraguas encuentra una máquina de coser sobre una mesa de disección —como en el delirio surrealista—, pero puede

pasar también que la tía Rosita encuentre jabones perfumados de jazmín en el baño de un hotel sindical; y no va a ser Laiseca el que venga a oponerse. “En cuanto a las leyes contradictorias —escribía un jurista soria—, son a los fines de dar mayor soltura al juez frente a las distintas figuras del derecho” (LS, 269). ¿Valdrá lo mismo para el lector? “No seas egoísta. Dejá que otros también deliren” (LS, 553). Y un poco más allá: “El delirio es la

cosa en sí”. (LS, 566)


E


ESTERILIDAD. “El Poder es un enigma, sobre todo para nosotros los dirigentes. Todos los días trabajamos con enmarañadas, laberínticas claves, que es preciso descifrar. Un error de proporciones sería fatal. A veces hay que ser duro y otras no. El problema es cuándo y cómo. Ante la lóbrega confusión del mundo moderno, toda intuición es poca. Usted declara ser escritor. Muy bien, entonces comprenderá si digo que en arte uno debe ser clásico pero al mismo tiempo futurista, innovador. Hace falta un gran criterio para no seguir un camino estético erróneo que conduzca a la esterilidad. A veces uno cree haber descubierto un planeta nuevo (una suerte de novela atonal, pongamos por caso), pero luego comprende años después que, pese a todos los hallazgos, es un camino errado; aunque tenga imitadores, que nunca faltan. Pues bien, con todos los otros órdenes del pensamiento sucede lo mismo” (Carta de Enrique Katel, Kratos de las Lenguas, a Personaje Iseka, LS, 73-4).


(Véase también IMAGINACIÓN)


F


FICCIÓN. “Soria, en esta novela, tiene el mismo número de poblaciones y accidentes geográficos que en la realidad, como provincia española —nos informa el Conde de la Laguna en nota al pie—. La diferencia consiste en que las distancias entre las localidades, sus tamaños, el caudal de sus ríos y el número de sus habitantes, están multiplicados por tres o por cinco. Por lo demás, se han conservado todos los nombres, tanto de aldeas y ciudades, como de comarcas. En este sentido también la Unión Soviética ha sido respetada íntegramente” (LS, 110). Cachos de cruda realidad en el menjunje abigarrado de la ficción laisequiana: tal vez su ingrediente secreto. “Es como si ese Universo alterado y el actual coincidiesen únicamente en algunos puntos” (LS, 100). En efecto. Es —para decirlo con una metáfora más plebeya— como si la ficción laisequiana fuera una gallina que huye sobre la superficie de la realidad fenoménica: incapaz de prolongar el vuelo, ni de prever donde tendrá que hacer pie, cada impacto es un punto de contacto. Y con todo, la huida de la gallina no es ni súper salto ni vuelo trunco, sino una técnica de desplazamiento con legitimidad propia, para cuya descripción, al igual que para la ficción de Laiseca, carecemos todavía del vocabulario adecuado.


G


GRANDEZA (Delirio de). Toda grandeza es delirante; o dicho de otro modo, no hay verdadera grandeza que no proceda de un delirio de. “Somos quienes buscamos el esplendor antiguo. ¡Difícil camino! Pero nada merece tanto la pena de ser intentado”, le

escribe el Kratos de las Lenguas a Personaje Iseka, escritor aspirante (LS, 74). La historia humana, en Laiseca, es la historia de sus aspiraciones de grandeza; pero en tanto no obsolece, la grandeza es ahistórica: “La estatua ciclópea de Lenin, en granito gris, como un Tuthankamón soviético” (LS, 207). A diferencia de los animales, decía Marx, el hombre puede producir no en la medida de la necesidad sino en la de la belleza. Para producir en la medida de la belleza, por lo tanto, habrá que hacerlo contra toda necesidad: pero entonces la obra artística, excesiva por definición, será siempre inhumana. El vértigo de la cantidad —que disuelve la distinción entre lo bello y lo sublime— como característica de la belleza moderna: así al menos desde que José Martí hizo de la enumeración la clave de la belleza monumental del puente de Brooklyn. Laiseca, por su parte, “puntualiza que Los sorias es más grande que el Ulysses. Tiene razón, lo ha medido y le lleva (Laiseca a Joyce) una ventaja de 30.000 palabras” (Ricardo Piglia, "La civilización Laiseca"). “Se le atribuyen a Al Capone 350 asesinatos; pues muy mal hecho: debió haber llegado a los mil. Solamente así lo habría perdonado. (...) Los asesinatos deben encaminarse a las dimensiones de la grandeza, solo así podremos alcanzar las esferas del arte” (Su turno para morir, 60). El siglo XX, el de las grandes utopías de masas, que recibió la Gran Muralla y las pirámides, legará a su vez la obra máxima de su propio sentido de la desproporción: el genocidio masivo. En el cuento “La solución final”, el Teknocraciamonitor de las I doble E se empeña, contra todo argumento práctico, en acumular 1400 millones de cadáveres de asesinatos políticos en una misma grieta bajo la tierra. El “motivo real era la satisfacción de su delirio: llegarse hasta el lugar terraplenado cuando fuese viejito y, cruzando satisfecho los dedos sobre el abdomen, pensar: ‘Esto, lo hice, yo’” (Matando enanos a garrotazos, 70). Así, en efecto, describía Marx el arte, en Los manuscritos económico-filosóficos, como trabajo capaz de escapar a la alienación; es decir, como actividad donde el hombre se realiza: a diferencia del obrero explotado, el artista mira su obra y se dice, casi como el genocida romántico de Laiseca, “Esto soy yo”.


GROTESCO. Lo grotesco es otra de las formas de lo monstruoso.


I


IMAGINACIÓN. En el trabajo de la forma o del sentido —países preferidos del literato de buena escuela— puede hablarse de sutileza o de mesura. Pero no hay mesura de la imaginación: la imaginación es una potencia de multiplicación geométrica, y el que decida hacerla su estrella única tendrá que estar dispuesto a pasar diez años agregando cada noche nuevas páginas: observando con una especie de terror sublime cómo el monstruo desarrolla nuevos órganos. En 1982, Fogwill escribió que, con Los sorias, estábamos ante una novela-fractal: una estructura matemática de simetrías recursivas a todo nivel, con la que había fantaseado Silvina Ocampo. Esto es más fácil de decir que de probar. Más bien parecería que Fogwill incorporaba otro lenguaje para describir sin embargo una aspiración muy del boom: la novela arquitectural, de la cual la imaginación entrópica y carnavalesca de Laiseca se aleja a salto gallináceo. Lo opuesto del literato obsesivo que trabaja una miniatura es un grafómano desequilibrado que escribe la única obra literaria visible desde un transbordador: ¿y acaso cabe duda de si encontraremos a Laiseca “del lado de acá” o “del lado de allá”?


(Véase también ESTERILIDAD)


L


LITERATURA (argentina). “¿Matando enanos a garrotazos? Qué interesante... debe ser un ensayo sobre la literatura argentina actual”. “Quizá se trate de un loable intento de historizar los últimos cincuenta años de literatura argentina”. “Caramba, parece una historia de la crítica argentina”. (Distintas versiones de la réplica que, según la leyenda popular, habría dado Borges al oír el título laisequiano).


M


MARECHAL. “Hay que leerlo a Marechal. Leopoldo Marechal. También a Roberto Arlt. Pero sobre todo a Marechal, porque es un hombre del que tenemos una avenida, una plazoleta... y después resulta que nadie ha leído Adán Buenosayres o El banquete de

Severo Arcángelo. Es un autor olvidado y es un autor fundacional de la literatura argentina”.

(Entrevista El Ansia)


MATE. “Al rato el agua ya estaba y nos pusimos a tomar mate. Quienes me visitan dicen que los preparo muy ricos. Todo el secreto está en la temperatura del agua. Viejos

cebadores sostienen que hay que poner yerba hasta la mitad, sacudir luego el mate para que se mezcle, poner un chorrito de agua fría, etcétera. Puros inventos y tics. Nada de eso hace falta para tomar mate. Si uno vigila el agua para que no se pase de la temperatura, ello es más que suficiente. Una vez estaba en una fiesta; la gente se había cansado de tomar vino y comer pizza, entonces me pidieron que hiciera mate. Estaba por prepararlo

a mi manera cuando se me acercó un manijeado: ‘Tenés que sacudir la yerba y ponerle un poco de agua fría’, me dijo. Sin pensarlo dos veces así lo hice. Quizás esto sorprenda, pero el caso es que yo sé cómo son las malas ondas. Si hubiese preparado el mate como

siempre, no dudo que esa vez habría salido mal. Es preferible seguir la corriente cuando tenés cerca a un tipo muy cargado. Por supuesto, después de esa ocasión lo seguí haciendo como yo sé que debo prepararlo. Pude haberme opuesto a la mala onda del imbécil, en aquella ocasión, pero ello me habría obligado a usar una energía que después podía necesitar. De modo que era preferible ceder. Por lo tanto juro: lo único indispensable para tomar mate con bombilla es la temperatura. Debe ser exacta, eso sí, el mate tiene mucha importancia para el sudamericano. Y yo nací en Sudamérica, aunque viva aquí. Al

mate le debo mi obra. Si Suzuki y Okakura Kakuzo hablan del té como una de las estéticas del zen, no veo por qué sería inoportuno escribir un tratado: el mate como disciplina zen del sudamericano. Pero no como una ironía o como un chiste, sino como algo dicho absolutamente en serio. A cuántos habrá salvado el mate en las épocas del hambre

infinita. Es cosa de ver cómo ayuda a resistir, a conservar el equilibrio, la esperanza y a que no se pierda el centro. Sirve al solitario, pero también al ideal que es compartir. No hay cosa más linda que tomar mate con la mujer de uno. Maldito sea el que está compartiendo y no comprende. En su defecto que sea con un amigo. El mate es más compañero que el vino, y digo mucho. El vino traiciona como algunos hombres traicionan a sus mujeres. Como algunas mujeres traicionan a los hombres que viven con ellas. Pero el mate brinda y rodea de escudos. Más de uno no se mató porque todavía no se le había terminado la yerba. La bombilla de plata equivale a la flecha puesta en el arco zen. ‘Un mate, una vida’”. (El jardín de las máquinas parlantes)


MODERNO. “Estaba de peón cuando vi un barbudo de pelo largo. ‘Debe ser un intelectual’, pensé. Y le hablé: ‘Mirá… vengo de afuera, recién estoy en Buenos Aires, ¿no hay algún

lugar donde se reúnan escritores?’. Y curiosamente el tipo no se me rió y me contestó: ‘Sí, hay un lugar donde se reúnen pintores, escritores, poetas, es el Bar Moderno, que queda en la calle Maipú al 800 y pico’. Y ahí fui, empecé a conocer gente, leía mis cosas, mis manuscritos. (…) El Moderno me cambió la vida a mí. No existe más, pobrecito: qué desgracia” (Entrevista de Gabriela Cabezón Cámara, Ñ, 20/5/2011). El Moderno quedaba en realidad en el 918 de Maipú, cerca de Paraguay. Corría el 66: Laiseca tenía veinticinco años.

Además de la fauna variada del Di Tella —que estaba a la vuelta—, lo frecuentaban los integrantes del grupo Opium (Sergio Mulet, Reynaldo Mariani, Ruy Rodríguez), “beatniks argentinos”, amigos del también habitué Néstor Sánchez. “Nos conocimos en revistas, en

bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, informaba el primer panfleto de Opium. Entre los compañeros de mesa del Moderno, el que retorna con más regularidad en los relatos de Lai es Marcelo Fox: hijo de una familia bien, maldito vocacional, suicida a los treintitantos —decapitado por un tren—, escribió un par de libros inhallables que, según Lai, su familia quiere conservar así. “No quieren que se sepa que el hijo era un monstruo”. Monstruosidad de época que a Lai no le fue del todo ajena: vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver sin cabeza. Esas charlas de café tal vez sean un elemento importante en la genealogía del delirio laisequiano, que se entroncaría así, en una tangente inesperada respecto de sus referencias explícitas, con lo más moderno de la escena estética del medio siglo: el seudo-surrealismo local, las pandillas de Aldo Pellegrini (a quien Darío Canton dice haber visto en el Moderno), el conceptualismo y el arte de los medios, los inicios del rock argentino.


MONDONGO. “Tengo un muy mal concepto de Echeverría. Es un mentiroso. Era racista, cajetilla, las trata mal a las negras. A las negras argentinas las trata con desprecio, que fueron las que hicieron todos los platos típicos argentinos. Es mucho lo que les debemos a las negras argentinas. En El matadero cuenta que las negras robaban y se llevaban entre las tetas un mondongo o no sé qué cosa. ¡Mentira! ¡El mondongo no se vendía! ¡El gaucho no lo comía, ni nadie comía esa vaina! Había que tirarlo pa’ que se pudriera. La negra iba y pedía al puestero. ‘¡Pero-sínegra-tomá-llevateló-me-hacés-unfavor! Yo-no-lo-puedo-vender-lo-tengo-que-tirar’. Y así se llevaron achuras con las cuales mejoraron nuestros asados. Vos le dabas al gaucho un chinchulín o una tripa gorda y sacaba el puñal: ‘¡Sepa-miamigo-que-yo-no-como-mierda!’, te decía el hombre. Se comía nada más que carne-carne en los asados. En cambio las negras nos han enseñado que se podían aprovechar muchas partes de la vaca que eran despreciadas. El mondongo es un invento de las negras argentinas. En España había una suerte de empanada, pero es muy diferente de la empanada criolla. La empanada criolla es un invento de las negras”. (Entrevista El Ansia)


MONSTRUOS. Nos resulta indistinto que haya sido André Gide. Perfectamente pudo ser Laiseca el que dijera: “Desde la infancia nos mutilan: no hay más que monstruos”.


MUJERES. “Sin ellas no hubiera sido nada”. (Entrevista El Ansia)


O


OCULTISMO. A Arlt, que en su juventud percibía la literatura, igual que Laiseca, a una distancia inconmensurable —inmediata y a la vez extraordinariamente lejana—, el ocultismo se le apareció como el camino más corto hacia la poesía del decadentismo francés. Expulsado por la ciencia y por la psicología, el ocultismo se volvió desde entonces el saber plebeyo por excelencia, suerte de batacazo mental, que promete no solo volver el mundo fenoménico una realidad subordinada (como toda religión y casi cualquier saber ambicioso) sino que además ofrece al individuo aislado, oprimido por las fuerzas materiales pero voluntarioso y disciplinado, un poder de acción inaudito. “Dentro del mundo del esoterismo —dice el narrador de El jardín de las máquinas parlantes— soy un hombre rico, respetado y poderoso. Aquí uno puede ser un magnate pero afuera trabajar corrigiendo galeras pues la plata no le alcanza”. No tan diferente, se diría, de las fantasías que alimenta la supuesta autonomía del arte. El ocultismo es la meritocracia verdadera: “La astrología es un mundo muy particular. Es el mundo de la sabiduría donde se supone que todo es charlatanería (yo no lo considero así, por supuesto). Allí nadie lo molesta a uno. No hay facultad de astrología, no hay papers, no hay premios, no hay llamados a concursos para proveer a la cátedra de, por ejemplo, Progresiones II. Nada de eso existe. Allí nadie molesta, entonces uno puede trabajar tranquilo. Es como un santuario. Entonces allí todo el nihilismo se va porque uno está pensando si Saturno está o no en su elevación respecto del círculo... El mismo lenguaje de los libros de astrología, algunos de los cuales fueron escritos hace mil años, lleva a que uno se calme”. (Entrevista de Guillermo Piro, Perfil, 4/07/1998)


OJETE. “¿Cómo llegué a publicar? Teniendo una enorme dosis de buena suerte. Eso no es cuestión de talento ni de genio. Es, si me permitís la palabra, ojete. Yo era inédito completamente e iba a distintas casas de chicos y chicas que conocía, que eran más o menos como de mi edad en aquella época. Éramos todos gente joven. Cada uno leía sus cosas y yo leía las mías. No todo fue buena suerte: un poco me estaba haciendo conocer en el underground, leyendo mis cosas. Finalmente un día una chica me dijo: ‘Mirá, Lai, lo tuyo hay que publicarlo ya. Yo te voy a mandar a que lo veas de parte mía a Tomás Eloy Martínez’, que era jefe de redacción en La opinión. El viejo diario La opinión de Timerman, ¿no? Me trató muy bien pero enseguida me derivó al gordo Soriano que estaba de redactor ahí mismo trabajando. Y el gordo leyó Su turno. Él tenía mucho poder en Corregidor; llevó mi libro a Corregidor y dijo: ‘Esto hay que publicarlo’. ¡Santa palabra! Lo dijo el gordo Soriano: no se discute. El gordo me ayudó mucho a mí. Éramos muy amigos. Era un tipo muy solidario... muy solidario. Sin que te conozca nadie vos vas a una editorial —como fui yo con Los sorias— y me sacaron ca... ¡ni la leyeron! Me sacaron a patadas directamente. Fui a dos editoriales y dejé. Después de que terminé Los sorias pasaron dieciséis años hasta que me la publicaron. Y César Aira tuvo mucho que ver con eso porque Gastón Gallo, el dueño de Simurg, le preguntó: ¿usted no conoce algún escritor argentino...? ‘¡Laiseca! ¡Los sorias!’. Y me la publicó”. (Entrevista El Ansia)


OMNIPOTENCIA (literaria). “La negación y la continua pobreza pueden afectar a un genio. La impotencia social suele producir arranques de omnipotencia literaria. Es como si él nos dijera: “Sepan que yo soy el Jefe Supremo de todo lo mío”. ¿Quién tiene la culpa de tales

arranques? La sociedad estúpida que desgasta y aísla al supremo talento” (Prólogo a The Stylus, de Poe). En esa línea habría que entender la exclusión casi total de la familia en su literatura, institución mediadora entre individuo y sociedad. Las primeras cien páginas de Los sorias, desde la escena en la pensión hasta el mapa del mundo conocido (LS, 109) que nos permite ubicar la piecita en el centro mismo de las tensiones que constituyen ese mundo, pueden leerse como un largo zoom out que une precisamente los dos puntos: solo en la soledad más absoluta el individuo puede vérselas con la sociedad como un todo. “Cuando uno está muy reprimido —esto lo sé desde la infancia—, inventa personajes superpotentes que hacen lo que se les canta. Yo siempre digo que soy un dictador frustrado. En mis novelas conduzco ejércitos, tengo poderes mágicos, maravillosos. Es un mecanismo de compensación psíquica. Los escritores tenemos esos mecanismos. Recuerdo, por ejemplo, un día que estaba muerto de frío y de hambre en una pensión roñosa. Entonces me acosté y me puse a leer unas viejas efemérides de 1968 o 1969 que había comprado en una librería de viejo, de esas que traen la historia de México o Nicaragua, con anécdotas extraordinarias sobre dictadores de la época. Y se me fue el frío, el hambre, todo: empecé a escribir historias graciosísimas de dictadores inventados”. (Entrevista de Flavia Costa, Clarín, 23/5/99)


P


PADRE. “Un padre equivale a tener un enemigo en el árbol genealógico, no sé si lo sabéis; cuando el adversario se muere pa’ siempre la humanidad de uno se hace más joven; esto in passant” (LS, 462). Como en una novela gótica, Laiseca padre se volvió loco y un tirano cuando murió su mujer; Lai tenía entonces tres años. A los veinte abandonó la carrera de ingeniería química, la mensualidad paterna y la burguesía provincial, y se fue a trabajar al campo. Vivir hasta esa edad bajo la tiranía, piensa Lai, “me atrasó mucho en todo sentido” (Entrevista El Ansia); desde que lo mató, en cambio, como en un cuento de Wilde, “más viejo me vuelvo, más joven”. (Entrevista de Fernando Molle, Perfil, 5/6/2011)


PUEBLO. “Si alguna vez un cuerpo fue imaginario e inencontrable y al mismo tiempo infinitamente real, es en el caso del pueblo”. (LS, 75)


S


SORIA. “La palabra soria, con minúscula, sirve para nombrar a la persona que habita el Estado de Soria. Califica, además, a una raza: más que física, mental. ‘Ser un soria’: individuo que posee una cosmovisión soria o anti-Mozart del mundo / Imagen proyectada por el Anti-ser para engañar a la humanidad y destruirla / Eres un soria: ‘Eres un traidor’”. (LS, 100)


SURRIOBRAVEÑO. “Decir latinoamericano es dejar afuera a los judíos, los negros, los indios. Yo prefiero hablar de tierras surriobraveñas, del Río Bravo hasta acá. El abuelito de la novela surriobraveña es Miguel Ángel Asturias. El abuelito de la poesía es Nicolás Guillén, el cubano”. (Entrevista El Ansia)


U


ULISES. “¡El Ulises de Joyce! Entero lo leí dos veces; ahora: ciertas partes las he leído muchísimo” (Entrevista El Ansia). Junto con Thomas Pynchon (“El arcoiris de gravedad: lo empecé y varias veces lo largaba porque no entendía un carajo”) y Lezama Lima (“Ese era el ideal de Lezama: no quiero que nadie entienda, quiero que se fijen en la belleza de la palabra por sí misma”), Joyce es una de sus pocas referencias vanguardistas. Fue, de hecho, frente al Ulises que Laiseca quiso medir su opus magnum, aunque más no fuera en cantidad de palabras (bueno, sí, también porque perdía frente a Proust o Musil…). La traducción española que él leyó, la primera, se iba escribiendo en los días en que Lai daba sus primeros pasos y decía sus primeras palabras. La redactaba, de manera privada y amateur, como en una fantasía laisequiana, un oscuro vendedor de seguros; mientras tanto, Borges y otros eximios anglicistas se reunían semanalmente en un café (¿La Biela tal vez?) a sopesar las dificultades de emprender la misma tarea. ¿Habrá hecho la experiencia

también Laiseca de que en la traducción de J. Salas Subirat, como afirmó Saer que entendieron los escritores de su generación, “la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas”?


V


VEROSÍMIL. Si en una guerra la primera víctima es la verdad, en la imaginación de Laiseca lo es el verosímil, que —como una suerte de pacto de no-agresión entre realidad y ficción— es siempre transitorio. En Los sorias, el avance de la imaginación sobre las sucesivas trincheras defensivas del verosímil va dejando a su paso una larga serie no man’s lands, generalmente en nota al pie: ante la aparición súbita de un pasillo “repleto de armaduras japonesas” apenas a veinte páginas del mapa del mundo conocido, donde no había ningún Japón, se nos explica en nota que “los magos tecnócratas habían averiguado que en las Tierras Ignotas existía un país llamado Japón. En un acto de Alta Magia habían robado —a los japoneses— veinticinco armaduras medievales, para luego regalárselas al Monitor” (LS, 126). Una inesperada comparación con el obelisco porteño se compensa de igual modo con una nota sobre Argentina, “país recientemente descubierto con el televisor telescópico” (LS, 585). Donde dice recientemente léase en el momento de escribir la comparación.


VIETNAM. En plena guerra, Laiseca le escribió una carta a Lyndon Johnson en la que pedía que lo incorporaran al ejército norteamericano. “Yo siempre fui muy miedoso. Pensaba que yendo a Vietnam volvía adentro de una saca verde con una bandera plegada encima o se me iba el miedo” (Ñ, 20/5/2011). Habrá que googlear Laiseca el día que desclasifiquen y digitalicen los documentos del Departamento de Estado: ¿se parecerá esa carta a la que Personaje Iseka le manda en Los sorias al Kratos de las Lenguas? Sobreviviente al fin —la carta no fue respondida—, Laiseca dará testimonio en La puerta del viento, la novela sobre Vietnam que escribe por estos días. “Es una guerra que no se pareció a ninguna otra, y eso se refleja en mi novela. Yo nunca empecé jamás en la vida una novela, ni siquiera un cuento, sin un plan de obra. Que después se cumpla más o menos (se varía o lo que sea), pero hay un plan de obra. Acá me di cuenta de que era imposible: todo espontáneo, como la propia guerra de Vietnam. Todavía la guerra de Corea era una guerra donde había frentes: el enemigo estaba allá, nosotros estábamos acá. Nada de eso sucedió en Vietnam: el enemigo estaba atrás mío, debajo de la mesa, a 4 kilómetros. Se reagrupaba, se desagrupaba con mucha rapidez. Además Estados Unidos tenía muchos conflictos políticos internos. Por eso me resulta tan difícil explicarte por qué la guerra de Vietnam fue tan particular. Solo se la puede comparar con una batalla, una sola, de la segunda guerra mundial: la batalla de Stalingrado”. (Entrevista El Ansia)

 

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