Arqueología del chisme

Actualizado: mar 13

Por Lucas Adur | Nota publicada en El Ansia 1


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Para empezar a decir lo que quiero decir, voy a contar una anécdota. Se trata, en realidad, de una anécdota en segundo o tercer grado: una anécdota donde alguien cuenta que contó una anécdota. El escenario es la librería porteña Eterna Cadencia, la noche de la presentación de Glaxo, en algún momento de mediados de 2009. Una mujer le hace al autor una pregunta acerca de su relación con la literatura: cómo empezó, por qué escribe. Y Ronsino recuerda otra presentación (la de La erótica del relato, antología compilada por Jimena y Matías Néspolo) donde le hicieron la misma pregunta a todos los escritores presentes. Y cuenta que, aquella tarde, mientras otros respondían apelando a argumentos existenciales, filosóficos o humorísticos, él empezó a hablar de su infancia en el taller de su padre, de su abuelo, el Nono Ronsino, y de lo que sucedía en ese taller por las tardes, cuando terminaba la jornada… “Me di cuenta –contaba Hernán– de que estaba contando una historia. Y que los que estaban ahí escuchaban fascinados.”

La estrategia parece simple, a primera vista: ante la pregunta de por qué se narra, la respuesta es una narración. El escritor exhibiría así su confianza en el poder del relato, su apuesta por el arte de contar historias frente a la tantas veces repetida afirmación de la imposibilidad de narrar… (1).

Sin embargo, la operación de Ronsino aquella tarde fue un poco más compleja. No contó directamente un relato de su niñez en el taller paterno sino que contó una escena donde él contaba esa historia. Creo que en esta pequeña maniobra hay algo que roza una de las cuestiones centrales para pensar su obra de ficción.


Contar que se cuenta

Ya se ha señalado que en las novelas de Ronsino proliferan los relatos. (2) Esto es especialmente notorio en La descomposición: tenemos los de Abelardo Kieffer sobre la accidentada cacería de liebres en su niñez, sobre la madrugada en que conoció a su futura mujer y sobre sus visitas a Pajarito Lernú; tenemos los del Bicho Souza sobre el remisero muerto y sobre su relación con Josefina; tenemos también las historias de los Pujol, la de José Tarditti, la del conde polaco… Algo similar podría afirmarse de Glaxo, aunque allí los múltiples relatos confluyen, de algún modo, en uno. En esta proliferación de historias hay, claro, una fruición del contar, un placer, que se busca compartir con el lector, en referir anécdotas, delinear personajes, narrar acontecimientos que suelen rondar lo trágico o lo patético. (3) Pero estas historias no se acumulan desordenadamente, no brotan como agua del manantial. Ronsino construye en detalle el marco en que se transmiten. Las escenas de narración intradiegética son recurrentes y el autor las trabaja con minuciosidad: las inflexiones de la voz, la percepción física del entorno –el calor, la luz, los olores, los sonidos– las asociaciones y reflexiones que suscitan las palabras en quienes escuchan. En los textos de Ronsino no se trata simplemente de contar historias, sino de contar cómo, cuándo y dónde alguien cuenta una historia:


Es el segundo domingo de marzo, Leo me vino a buscar a casa. Era de noche. […] A Leo le temblaba el párpado izquierdo. Se sentó en el borde de la cama y me dijo, con una alegría secreta: “la pusimos”. […] Después agregó: “dicen que después te da hambre y es cierto”. Una de las chicas le preparó un sándwich. Se lo comió con una ansiedad bárbara. Después me llevó a la vereda, ahí me habló más tranquilo. Volvió a repetir: “la pusimos” […] No sabés, Nano, lo que es: la mina se desvistió, pero qué te voy a contar, eso se tiene que vivir, no es como una película que se ve en el Metropol y después se la contás a alguien”, dijo Leo sorprendiéndome. Leo no es de decir esas cosas. Leo no es de tener esas ocurrencias. Pero estaba claro, su entusiasmo era inspirador (“Te vomitaré de mi boca”, pág. 15).


La voz áspera retumbó en el aire, para desembocar en la risa de Silvia Ayala. Tenía el carozo entre los dedos, y le arrancaba con los dientes los filamentos pegados en los surcos. Quiso que le contara, otra vez, la historia de Pujol en el banco Provincia. Entonces sonreímos los dos. Como sonríen todos los que conocen la historia de Pujol, en el banco Provincia, cuando alguien le pide que se la cuente. Le miré los pies descalzos, antes de empezar: los talones estaban rajados y las plantas sucias. Jugaba con el dedo gordo, montándolo sobre otro dedo, para después dejarlo resbalar, y montarlo otra vez, como si fuera un chasquido mudo. Cuando lo vi entrar al banco, empecé a contar… (La descomposición, págs. 110-111).


No sabés la última, empieza entusiasmado. Recién llegué de Saladillo, ¿adiviná con quién me encontré? Tiene los ojos brillosos, la boca, como dice Abelardo Kieffer, desajustada. No tengo idea, hermano. […] Hago un gesto, junto los labios, levanto los hombros, mientras el mozo […] nos deja dos vasos y una cerveza bien fría. A la Negra Miranda, dispara Montes, mientras inclino un vaso y hago que la espuma trepe controlada. ¿La Negra Miranda?, digo y le entrego el vaso, cargado. Montes se lo toma sin esperarme. Mueve la cabeza. Repite, mientras saborea la cerveza, la Negra Miranda. Y entonces, ahora que ha terminado de llegar –contar que ha visto en Saladillo a la Negra Miranda es haber terminado de llegar–, se adueña de la mesa, estira las piernas, mira la calle, espera que ahora yo empiece a indagar (Glaxo, págs. 42-43).


La descripción del contexto en el que se enmarcan estas narraciones no es, de ningún modo, algo contingente, que rodea el verdadero “carozo” que estaría dado por la anécdota. Por el contrario, en el trabajo sobre el marco, en la construcción de una perspectiva, en las distintas mediaciones, los distintos prismas que la historia debe atravesar para llegar a los lectores está lo que convierte la materia prima dada por una anécdota en una obra literaria. (4) Me permito, para ilustrar este punto, una pequeña digresión. En sus “Apuntes de un lector”, publicados en la revista virtual No-Retornable en 2008, Ronsino refiere largamente una anécdota, que atribuye a su abuelo, sobre un viaje en carreta para vender sandías. Como en sus relatos de ficción, tenemos también aquí una primera persona que se detiene en la pormenorizada construcción del marco en que aquella historia le fue deparada:


La noche que ahora recuerdo, estrellada, como casi siempre, entre las plantas, donde yo jugaba a la guerra contra los ingleses y en los días de lluvia mataba los sapos con un palo de escoba vieja (el mismo palo que usaba el Gavilán Contrera para desparramar las brasas, chamuscado en las puntas); esa noche, decía, apareció el Nono Miguel. Apareció como un jinete sin caballo, o mejor, como una luz en la noche cerrada. No sé por qué recuerdo tanto esa imagen, la del Nono entrando al taller, apareciendo de la nada, tal vez porque nunca iba a los asados, y verlo ahí, llegando entre las plantas me provocó una alegría intensa, o, quizá, y esto lo pienso a la luz de los hechos y con la distancia de mi lado, la insistencia del recuerdo tenga que ver con lo que esa noche, mientras comíamos, el Nono Miguel contó a los tipos de siempre que, ahora, tenían el pelo mojado y apretado por un peine que no acostumbraban a usar. […] El Nono Miguel se puso a contar. Habían salido temprano, con la fresca, antes de que amaneciera. Iban con mi viejo en el carro de un tal Hipólito, tirado por un lobuno raya negra, a comprar sandías a la quinta de Toguita: del Polígono de tiro bajando una punta de kilómetros… (“Apuntes de un lector”).


El relato se extiende por varios párrafos, alternando entre la narración y la narración de la narración (“El cielo se cerró, dijo el Nono y nos miró fijo a cada uno”). Como el mismo autor señala, la anécdota remite inevitablemente a la escena de El limonero real de Saer donde Wenceslao y Rogelio van en un carruaje, bajo la lluvia, a intentar vender una carga de sandías. Cuando leí este texto la coincidencia me pareció demasiado conveniente para el artículo. Sospechosa. Un tiempo después, le pregunté a Ronsino si era verídica. “Por supuesto –afirmó–. Aunque ligeramente intervenida”. Esa misma noche, comíamos un asado en Chivilcoy, en la casa de su padre. Hernán le pidió que contara sobre esa vez que fueron con el Nono a vender sandías y los agarró la lluvia. El relato de Miguel Ronsino padre fue lacónico y escueto. Los hechos estaban ahí, sí, y en algún sentido eran los mismos. Pero la narración estaba a años luz de la que yo había leído en la prosa del hijo. Se trata, desde luego, de otra confirmación de algo que ya sabemos, aunque a veces olvidamos: en la literatura la forma es casi todo; los hechos, casi nada. Lo que me interesa subrayar aquí es que buena parte del trabajo del escritor pasa, en este caso, por la construcción del marco, por la elección de una perspectiva que “aleje” el texto del lector y lo sitúe no frente a una historia sino frente al momento en que alguien cuenta una historia. Podemos pensar, entonces, que además de esa pasión por narrar que mencionamos antes, encontramos en la obra de Ronsino una indagación acerca del modo en que las historias se cuentan, circulan y, estrechamente vinculado a esto, sobre la función que cumplen en la economía de una pequeña comunidad.


“Un texto escrito entre todos”: rumores, chismes, anécdotas

Yo estoy formateado por una cantidad de anécdotas. Conjuntamente con un personaje hay un montón de historias. El asunto es cómo trabajás eso. A mí me interesa mucho estudiar la estructura de la anécdota. Reflexionar sobre qué función tienen esas anécdotas como pequeños dispositivos narrativos, dispositivos cerrados. Dispositivos que, en líneas generales, me parece que tienen un efecto de poder muy fuerte. Me interesa reflexionar sobre la anécdota, ubicarla dentro del texto, como parte de una maquinaria que estigmatiza, que ubica a cada uno en su lugar. […] Desarticular la anécdota, ver la estructura que la constituye y los efectos que produce.


Hernán Ronsino, entrevista con el autor, noviembre 2012.


Hemos visto que en la producción de Ronsino las escenas en las que se inserta una narración ocupan un lugar destacado. No se trata solo de contar historias, sino de contar cómo esas historias se cuentan: cómo se originan, cómo se transmiten, cómo producen sentidos. Hay una verdadera mise en scène de la circulación de chismes, anécdotas y rumores que puede entenderse como una suerte de “experimentación ficcional”. No se proponen reflexiones conceptuales al respecto, sino que se exhibe un modo de funcionamiento, de forma tal que los lectores podamos plantearnos ciertas preguntas y arribar a nuestras propias conclusiones.


Me oyes desde lejos…

Iba conquistando una especie de distancia.

Hernán Ronsino, “Febrero”.


La cuestión de cómo el chisme y el rumor producen sentidos (sentidos muchas veces negativos, estigmatizantes para determinados personajes) está presente desde el relato que abre el primer libro de Ronsino y que considero fundacional para su proyecto estético. Un personaje, Juan Rivera, y un lugar, “lo de la Cholita”, que funciona como prostíbulo, concentran las murmuraciones recelosas de todo el barrio. Nano, el narrador adolescente de este texto, vive atravesado por esas historias que “se cuentan” (5) pero, a la vez, establece una distancia que está dada, en principio, por el modo de decir:


La Negra Díaz contó, después, que lo que más le había llamado la atención del tipo [Juan Rivera], en ese momento, mientras él avanzaba por la calle de tierra […] había sido, contó la Negra, su físico y el misterio que traía en los ojos. Claro que la Negra Díaz no dijo el misterio que traía en los ojos; no era capaz de decir algo semejante mientras esperaba el kilo de papas que don Boldo le ponía, encorvado, en una bolsita sucia. Más bien, la Negra Díaz dijo: el tipo tiene la mirada de un buey degollado. Y eso supone misterio. (“Te vomitaré de mi boca”, pág. 8).


“Viejo de mierda, fracasado, son todos ustedes unos fracasados de mierda”, dijo Rivera. El Flecha Borbonese contó después que Rivera mordía la palabra mierda, que parecía querer meter toda la bronca del mundo en esa palabra. Claro que el Flecha no lo dijo así, pero la idea era esa. (“Te vomitaré…”, pág. 20).


El narrador no queda pegado a las palabras de los otros, no reproduce mecánicamente lo que oye. Reflexiona sobre las formas de hablar y esto le permite construir su propio lenguaje y, por lo tanto, su propia perspectiva. Es capaz, entonces, de contrastar versiones, de articular críticamente los distintos relatos sobre un mismo tema, señalando sus contradicciones. Esto se percibe, por ejemplo, en el modo en que da cuenta de la separación entre la Cholita y el policía Reyes:


La separación fue violenta. “No sé por qué esta clase de gente busca hacer públicas sus cosas privadas” dijo en esa época la maestra de tercero que vive sobre la avenida, una vez que fue a lo de don Boldo. Digo que hubo una pelea, que el policía Reyes a la madrugada la sacó a la calle, la arrastró de los pelos a la Cholita, y le empezó a pegar. Estaba borracho, decían. […] Las mujeres que formaban parte del séquito que se reunía en la despensa de don Boldo, decían, contradictorias, porque antes lo criticaban, que seguramente Reyes estaba “cansado y harto, de estar metido en medio de esa mierda”. ‘Pero el cana sabía bien dónde estaba metido, además no era ningún angelito’, pensaba mi mamá, y eso también era cierto. (“Te vomitaré de mi boca”, pág. 10). (6)


En Nano se puede encontrar, incipientemente definida, una posición que caracterizará a la mayoría de los narradores de las ficciones de Ronsino: personajes que pertenecen a la comunidad y, por lo tanto, conocen las historias que circulan, las escuchan y son capaces de reproducirlas. Pero mantienen con estas historias una relación distante, mediata; poseen, por distintos motivos, una perspectiva singular que les permite mirarlas críticamente. No como si fueran indiferentes a su atracción; más bien, como si las escucharan desde lejos. (7)


Los chismosos

Ahora bien, junto a estos narradores capaces de sostener una distancia crítica respecto de los rumores pueblerinos y delinear su propia mirada, en la producción de Ronsino pululan varios personajes secundarios que están totalmente integrados en la dinámica del chismerío. Pensemos en los que conforman “el séquito de don Boldo” (“Te vomitaré de mi boca”), en los remiseros del cuento “La curva”, y, especialmente, en Lucio Montes, personaje presente tanto en La descomposición como en Glaxo, siempre narrando historias ajenas.

Montes no funciona como narrador principal de ninguna de las novelas. Accedemos a su versión de la historia de Pujol (La descomposición) a través de Kieffer y al relato de su encuentro con la Negra Miranda (Glaxo) desde la voz de Bicho Souza. Esta mediación le permite a Ronsino, como ya hemos visto, trabajar sobre las escenas de narración y desmenuzar el modo en que Montes cuenta historias:


Sangraba como un chancho, decía siempre Lucio Montes, en cualquier mesa de lo Rigone. Si querés saber la historia del Viejo Pujol, pagate un vino y te la cuento completa, decía. Y entonces, los viajantes, los tipos de las quintas o cualquiera, le pagaban un vino y se ponía a contar. […] Yo nunca le pagué para escuchar la historia del Viejo Pujol. Escuché, toda mi vida, esa historia, desde un rincón, como ajeno. Lucio Montes hizo de un hecho inesperado, que lo tuvo, por casualidad, como testigo, el momento más importante de su vida. Por eso lo contaba, incansable. Y lo volvió su propia historia. Siempre lo narraba de la misma manera; con los mismos detalles y ejemplos; nunca se permitió alterar algún dato, incorporar si se quiere, alguna metáfora nueva, tal vez porque haciéndolo, Montes creería que estaría faltando a la verdad. (La descomposición, págs. 119-120).


Sos un bestia, le digo, y lo descoloco. Montes espera que diga otra cosa, que esté interesado, por ejemplo, en su relato. Pero no. Le digo que es un animal, un bestia, y se queda sosteniendo con la boca una sonrisa que se desarma, despacio, y mientras se desarma, la sonrisa me deja ver un par de dientes manchados con hojitas de orégano. Eh, aflojá, qué pasa, me dice Montes. […] Cómo le vas a decir así, le digo. Montes me mira como un chico que cometió un error, que se mandó una macana. […] Sos un bestia, vuelvo a decir, un animal, la mina se asustó, no te das cuenta, te evitaba, no quería saber nada de vos, ni de la Glaxo. Sí, me dice Montes, eso me dijo ella después. Cómo después, digo. Sí, después, me dice, y vuelve, el desgraciado, a capturarme con su relato. (Glaxo, págs. 50-51).


Montes trabaja con las historias como con mercancías. Las "vende", las reproduce mecánicamente, como fetiches, estructuras absolutamente cristalizadas y de significado fijo. Maneja, es cierto, un repertorio limitado de estrategias para captar a sus oyentes. Pero lo fundamental es que se trata de historias de otros. Montes vive de rumores: no tiene prácticamente peso en las novelas más que como un narrador chismoso, que trafica con anécdotas ajenas, aunque eso implique muchas veces violentar la intimidad de los demás. Los narradores de las novelas no pueden ignorar del todo el poder de atracción que ejerce este personaje. Sin embargo, toman distancia: Souza lo critica explícitamente (“Sos un bestia”), Kieffer anota que nunca pagó por sus relatos y que escuchaba “como ajeno”.


El poder de los relatos

Volvamos ahora a Nano, el narrador de "Te vomitaré…". Hemos dicho que, a lo largo del relato, hay una búsqueda por diferenciarse, por definir su propia voz en ese collage de voces que arman los chismosos del pueblo. (8) Sin embargo, esto no quiere decir que sea indiferente a sus poderes. Hay, en este sentido, una escena muy significativa. Cuenta Nano:


Había tenido ganas, el lunes, de meterme con los hijos de la Negra Díaz, que son más chicos que nosotros, por las zanjas abiertas de las cloacas, y de jugar con ellos. […] Pero no me había animado porque estaban todos sentados en la vereda de los Farías, y tenía vergüenza, miedo, a la puñalada certera que suponía el comentario de la Coca Farías: “ese pendejo qué pelotudo” (“Te vomitaré…”, pág. 22).


Queda expuesto aquí el efecto disciplinador que tienen las habladurías: si alguien se aparta de lo que se espera de él (por su edad, por su lugar social, etc.), los dichos al respecto funcionarán como una suerte de sanción discursiva. Rumores, chismes y anécdotas pueden, entonces, operar como una grilla narrativa que categoriza a los habitantes de un pueblo.

Reproducirlos es contribuir, quizás inconscientemente, a reproducir el orden vigente.

Esto puede observarse claramente en las historias sobre los Pujol que aparecen en La descomposición. “El viejo Pujol”, “el loco Pujol”, “la muda Pujol” son los protagonistas de numerosas anécdotas que los muestran como ignorantes, violentos, desquiciados: marginales. Estas pequeñas historias se repiten, circulan, reforzando constantemente, de ese modo, el lugar que los Pujol tienen en la comunidad.

Es significativo que incluso Kieffer, un personaje con cierta formación intelectual y cierta distancia para con los rumores pueblerinos, reproduce esos relatos. Antes cité el comienzo de la escena en la que le cuenta a Silvia Ayala la “historia de Pujol en el banco Provincia” (pág. 111): Noriega, un funcionario del banco, le promete a Pujol una fortuna, “un palo verde”, si resuelve una adivinanza. Un año y medio después, Pujol vuelve al banco, busca al empleado y le da la respuesta. Noriega, frente a todos los que estaban presentes, le entrega un maletín. Pujol lo abre ilusionado y encuentra un palo de color verde. La sonrisa que, se nos dice, acompaña la narración de Kieffer (“Como sonríen todos los que

conocen la historia de Pujol…”, pág. 111) puede leerse como indicativa de la función que cumple ese relato: ridiculizar al marginal, dejar en claro que no puede acceder, en modo alguno, a otra posición social, y que acepta mansamente su lugar. En la narrativa de Ronsino rumores, chismes y anécdotas definen lugares sociales, condicionan las decisiones de los personajes y pueden incluso llevar a la marginación (los Pujol, Rivera, la Cholita), a la cárcel (Vardemann), a la muerte (Morris).


El desarraigo: (otro) azar convertido en don

Hemos intentado delinear dos tipos de personajes característicos de la ficción de Ronsino: aquellos que parecen completamente cooptados por las historias del pueblo –los chismosos– y aquellos que pueden establecer respecto de ellas cierta distancia. Al elegir como narradores de sus obras a estos últimos, pero incluir, filtradas, recortadas, las voces de los primeros, Ronsino puede mostrar desde una perspectiva crítica el modo en que las historias circulan y construyen sentidos para los habitantes del pueblo.

Hay un hallazgo en esta elección de voces narrativas que participan imperfectamente de esta corriente de relatos. Se ubican lejos, pero no afuera. La diferencia es significativa. El funcionamiento de una comunidad no puede mostrarse (ni entenderse) desde un narrador externo. En la tensión entre pertenencia y distancia, se erige la posibilidad de una mirada capaz de percibir el cuadro completo, sin perder los detalles más significativos. Sin proponer reflexiones sistemáticas, sin intentar arribar a conceptualizaciones ni conclusiones definitivas, el escritor pone en escena el modo en que rumores, chismes y anécdotas funcionan en la cotidianeidad de una pequeña urbe. Ronsino realiza una suerte de arqueología crítica de esos discursos menores, pero cuya importancia para la estructuración de una sociedad resulta, en muchos casos, insoslayable.

En distintas entrevistas, Ronsino fue configurando una suerte de “mito de origen” para su escritura. Esta surgiría de un desarraigo: en el momento en que abandona Chivilcoy para trasladarse a Buenos Aires, en ese preciso momento, comienza a escribir. (9) Pero sus

ficciones transcurren, casi sin excepción, en su ciudad natal. Quizás, como sus narradores, el escritor encontró (o construyó) en ese espacio intersticial, en ese no soy de aquí ni soy de allá, un lugar para su literatura. O, si se quiere, una excusa para contarles a los de acá cómo se cuentan historias allá.


Notas

(1) “Contamos historias”, se afirma con pretensión polémica en el "Manifiesto" que abre La erótica del relato.

(2) Jorge Consiglio, en su presentación de La descomposición (2007), habla de la novela

como un "mapa de relatos". Sylvia Saítta afirma en su reseña de Glaxo (2009): "Como

en todo pueblo real o imaginario, proliferan las historias y las versiones".

(3) Las historias, afirma Edgardo Cozarinsky, "son fabricadas para interesar y cautivar;

para que el placer circule, como una impalpable moneda, entre las fantasmales figuras

del 'destinador' y el 'destinatario'" (Museo del chisme, pág. 19).

(4) Cozarinsky, siguiendo a Henry James, denomina "dramatización" a este tipo de trabajo

sobre la narración: "Dramatizar, para James, significa delegar la narración, nunca exponer

o declarar sino articular un juego de percepciones fragmentarias entre las cuales

el lector deberá avanzar, descubriendo un metódico placer en los accesos indirectos y

en la iluminación oblicua". (Museo del chisme, pág. 30).

(5) A lo largo del cuento son constantes las expresiones que aluden a la circulación de rumores: “Algunos arriesgaban que…” (pág. 9), “…decían…” (10), “Se dice que…” (11), “…según se dice” (12)

(6) Contra “el séquito de Don Boldo” y más cerca del relato materno, el narrador afirma:

“El policía Reyes era un parásito que se rascaba las bolas en la puerta de la casa de la

Cholita, los días de franco, tomaba vino, y amenazaba a los chicos con una pistola automática, o les decía groserías a las nenas” (“Te vomitaré de mi boca”, pág. 9).

(7) Pienso, por ejemplo, en personajes como Abelardo Kieffer (La descomposición) o Vardemann (Glaxo), quienes por distintos motivos (la tragedia familiar de Kieffer, la experiencia de la cárcel en Vardemann) parecen haber establecido una suerte de hiato entre ellos y el resto de la comunidad. Esto se manifiesta en sus formas de narrar. Aunque

muy distintas, ambas coinciden en privilegiar la percepción y descripción de los hechos

por sobre sus propias emociones y opiniones.

(8) El contraste es patente con sus hermanas, que aparecen cada vez más integradas al

"séquito de don Boldo", al punto de perder su individualidad: son “las chicas” (pág. 13),

"las dos, que son una" (15); ni siquiera su madre las llama por sus nombres.

(9) "Empecé a escribir en Buenos Aires. A los veinte años. […] Y creo que ahora puedo decir

que empecé a escribir a partir del desarraigo. Irme del pueblo para estudiar en Buenos

Aires supone un tránsito que no tiene retorno: como todos los grandes cambios. Pero eso,

en un principio, no lo tenía claro; y cada vez que volvía al pueblo, volvía con la ilusión

de encontrar aquello que había dejado antes de partir; pero eso que deseaba encontrar,

más que deseo era, y sigue siendo, una alegría perdida, que se pierde cuando uno llega al

pueblo y encuentra otra cosa: lo que encuentra no es lo mismo que uno suponía encontrar, y de este desencuentro, de esta falla entre la alegría del reencuentro y lo verdaderamente encontrado, nace mi literatura." ("Entrevista a Hernán Ronsino", Nora Martínez).

 

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