El contagio

Por Ariel Urquiza | Nota publicada en El Ansia 5


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En un primer momento me pasó lo que a muchos. La fuerza de los textos de Liliana sumada a ese apellido alemán, duro, inflexible, me llevó a imaginar una mujer de porte intimidante. No la conocía personalmente y las fotos de las solapas de los libros no eran muy esclarecedoras.

Un día decidí que quería ir a su taller. Hacía poco que se había publicado La muerte de Dios y los cuentos de ese libro me terminaron de convencer. Averigüé su teléfono y la llamé. Me atendió ella. Me dijo que no tenía vacantes e inmediatamente cortó. La imagen tergiversada que tenía de Liliana seguía intacta.

La conocí finalmente cuando fue jurado de un concurso de cuentos en el que obtuve una mención. Entonces comprobé que era mucho más simpática (y mucho más menuda) de lo que había imaginado. Cuando me acerqué a saludarla me preguntó el nombre de mi cuento y enseguida recordó los pormenores del argumento. Al año siguiente comencé

a asistir a su taller.

Antes de admitir a un nuevo integrante, Liliana suele entrevistarlo. Se ha hablado mucho de esa entrevista. Creo que durante esa conversación ella quiere asegurarse de que la persona tiene un verdadero interés por escribir. En mi experiencia se trató de una charla muy amena. Algo así como una charla de café, aunque debo reconocer que ella habló mucho más que yo (pero prácticamente todo el mundo habla más que yo).

En su taller no hay lugar para el mate ni las galletitas ni nada que pueda distraer. Toda la atención está puesta en la lectura de los textos. Me acuerdo que la primera vez me sorprendió ese ambiente riguroso. No entendía la razón de tanta austeridad. Pero al final de ese mismo día cambié de opinión. Todos deben hacer devoluciones a sus compañeros. Comentar un cuento que uno acaba de escuchar no es fácil, sobre todo cuando se carece de práctica. El silencio durante la lectura es indispensable. En una situación así, el crujido de un paquete de galletitas puede ser tan molesto como en el teatro o en el cine. Una vez terminadas las lecturas (o, para el caso, antes de comenzar), el ambiente es totalmente relajado. Hay un clima de amistad y cualquier excusa es buena para celebrar. La publicación de un libro o cualquier otra buena noticia.

El rigor de sus devoluciones es otra de sus particularidades. Su vehemencia es tan categórica como la agudeza que demuestra en las observaciones. Al verla, uno no puede dudar de que se toma muy en serio lo que hace. Y eso es algo que me gustó desde el primer momento. Liliana escucha las lecturas con mucha atención. Diría que con la concentración propia de quienes se destacan en su disciplina, como un gran maestro del ajedrez o, sin ir más lejos, su admirado Roger Federer (otra de las pasiones de Liliana es el tenis), quien tiende a ganar la mayoría de los puntos que juega, pero que gracias a su poder de concentración gana, sobre todo, los determinantes.

Supongo que esa cualidad es lo que le permite penetrar tan profundamente en los textos. Para cuando uno termina de leer, ella ya tiene no solo una opinión formada, sino que puede ver cuál es la esencia del relato (o del capítulo de una novela, para el caso) y qué le falta o qué le sobra para que pueda lograrse una versión mejor.

Y, por supuesto, está su memoria asombrosa. En una ocasión, volvió al taller una escritora que hacía unos años que no iba. Leyó entonces un cuento y, al momento de hacer su devolución, Liliana le recordó ciertos detalles que había en una versión anterior. Una versión que había escuchado hacía varios años y que ni siquiera la autora parecía recordar.

La memoria también ha sido un tema recurrente en sus textos. Desde cuentos como “Maniobras contra el sueño”, “Los primeros principios o arte poética”, o “La zarzamora” (publicado por primera vez en Cuentos reunidos; todo en ese cuento ocurre en la cabeza del protagonista, y lo que ocurre no es poco), hasta la novela El fin de la historia. Pero creo que es parte, a su vez, de algo más amplio que atraviesa toda su literatura y que podríamos llamar la aventura del pensamiento. Es decir, el pensamiento como punto de partida de una experiencia transformadora. La fuerza de la escritura de Liliana Heker y los efectos últimos de cada una de sus historias pueden disimular en cierta medida el hecho de que buena parte de su obra está ligada a procesos internos de los protagonistas, a una indagación mental y espiritual que significa un desafío, y que eventualmente tendrá consecuencias en la vida de los personajes. Resulta curioso comprobar que en muchos de sus textos todo se origina en un pensamiento, una búsqueda interior o en la forma en que el protagonista percibe el mundo. En este sentido, “De la voluntad y sus tribulaciones” y “La muerte de Dios” son ejemplos emblemáticos (tampoco es casualidad que haya escrito “Berkeley o Mariana del Universo”; en varios de sus cuentos el mundo comienza a manifestarse desde la percepción). Esta característica, que solo se puede lograr mediante una escritura compleja y a la vez rigurosa, es fundamental en su obra. Y es algo verdaderamente auténtico.

Otro de sus rasgos esenciales es el humor. Tanto en su literatura como en sus conversaciones, el humor está siempre presente. En parte tiene que ver con su capacidad para captar como nadie lo insólito de una situación. Tal vez por eso es una gran contadora de anécdotas: su ojo clínico no descansa. Lo podemos ver, entre muchos otros ejemplos, en su cuento “La noche del cometa”, que surgió a partir de un acontecimiento real. Y al mismo tiempo tiene la habilidad de capitalizar una situación cotidiana, transformarla y narrar algo tremendo o angustiante, como en “Maniobras contra el sueño” o en “La crueldad de la vida”.

Lo que se aprende con Liliana es difícil de poner en palabras. Con todo aprendizaje sucede lo mismo, porque justamente se trata de un proceso que cambia nuestro modo de concebir las cosas, y entonces ya no somos capaces de verlas como antes. Alguien que asiste a un taller durante varios años seguramente se llevará, además de lo aprendido, una impronta, una influencia que se puede manifestar de las maneras más diversas. Y es muy posible que si nos sentimos a gusto sea porque hay cierta estética compartida, cierto modo de entender la literatura y de trabajar el material que se produce.

Conocerla es enriquecedor por varias razones. Pienso en la palabra integridad, y en que es consecuente con su forma de pensar. Es también una persona vital, auténtica, apasionada y muy inteligente. Dueña de una sinceridad demoledora que uno, tarde o temprano, siempre termina agradeciéndole, y una lucidez que nos podría tentar a llamarla cada vez que no estamos seguros de qué decisión tomar. El amor que siente por la literatura es contagioso. Habla con tanto entusiasmo de sus libros y autores preferidos que uno quiere salir corriendo a leerlos. Para Liliana, escribir está muy lejos de ser un trabajo. Entiendo que para ella es una pasión que resulta, a la vez, inseparable de otra pasión, que es vivir.

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