Gengis Khan

Actualizado: ago 25

Por Leonardo Oyola | Cuento publicado en El Ansia 3


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Escondido detrás de sus anteojos negros, Julio César, el más grande emperador romano, no dejaba de jugar con los anillos de oro de su mano izquierda. Atila el Huno lloraba a moco tendido mientras que David el Pastor y el Hombre Cavernario se confundían en un abrazo. En la vereda de la cochería de los Coelho, Sancho Panza y el Diábolo suspiraban recordando a Don Quijote, uno de los primeros en irse junto con Ulises el Griego y hasta el mismísimo armenio.

¿Entonces? ¿Era verdad nomás? Sí. Lo era: Gengis Khan había muerto. Y uno a uno venían llegando el resto de los titanes para darles el pésame a la viuda e hijos del compañero caído.

De un Peugeot 504 amarillo bajaron, junto a sus respectivas esposas, la Momia y el Caballero Rojo —anteriormente conocido como el Hombre Vegetal y otrora Dink-C—. De un 317 en la parada de República de Portugal e Islas Malvinas venían Joe el Mercenario, el Hippie Jimmy y el Androide. Y descendiendo de la puerta trasera de un 96 también se sumó El Ejecutivo, luciendo el mismo traje verde que sabía usar cada vez que se subía al ring.

Míster Moto apareció de repente en su Harley Davidson inmaculada trayendo al Gitano Ivanoff. El Gitano nos dio dos besos a cada uno. Míster Moto, no. Hacía rato que nos había retirado el saludo. Pero eso no le iba a impedir darle el último adiós a un amigo. Si hasta el Ancho, el gran campeón argentino, y Paula, la hija de Martín, se aparecieron.

Porque Gengis Khan, el mongol, era un ser humano extraordinario. Un pan de Dios. Un padre de familia ejemplar. Un esposo cariñoso. Un trabajador incansable. Un luchador arriba y abajo del cuadrilátero. Más de treinta años de titán y un cuarto de siglo de sodero. El corazón le dijo basta descargando sifones en una parrillita al paso en la avenida Cristianía; ahí, muy cerca de donde había vivido siempre.

Doña Luisa, su mujer, me vio subiendo las escaleras y salió a mi encuentro. “Jorge..., Jorgito”, balbuceó antes de hundir su cara en mi pecho para seguir llorando su pérdida. La sostuve en mis brazos. Le di un beso a su melena completamente encanecida y revoleé los ojos hacia arriba haciendo fuerza para contener mis lágrimas. Fue peor. La luz blanca de los tubos fluorescentes me encegueció.

Porque esos eran los dos tipos de luces que ahora nos encandilaban. Hacía un buen rato que ya se habían apagado las de los reflectores del Luna Park, las de los estudios mayores de los canales de televisión abierta, las del estadio Defensores del Chaco, las de tantas canchas en tantos otros países hermanos. Las luces que nos enceguecían ahora eran estas: las de las casas velatorias o las que iluminaban el final del túnel, las que te llevaban al otro barrio.

Ararat fue quien me relevó de la tarea magnánima de contener a la viuda. Y junto a Doña Luisa hicieron un dúo de llantos y más sollozos lastimeros. Después, se les sumaron en el abrazo y en el dolor el hijo más chico del mongol y Pepino, el gran payaso. Todo era tan triste.

“No lo pensés más, Bocacci”, me dije a mí mismo y encaré de una puta vez para el cajón. Y cuando logré asomarme encontré a mi hermano, a mi compañero, a mi amigo; ahí con los ojos cerrados y una mueca en la boca como si se estuviera aguantando la risa.

Intenté mentirme y creer que cuando menos lo esperáramos Gengis Khan iba a abrir los ojos de golpe y lanzar su alarido inconfundible, su grito de guerra; ese gesto que largaba en primer plano ante cámara o en plena cara de un chico al que le daba el susto y la alegría de su vida cada vez que hacía su aparición para entrar en combate.

Pero ahí, en esa cochería de Isidro Casanova, no se escuchaban gritos ni chiflidos ni abucheos de esos que tanto cosechaba el mongol en su andar. Lo único que se oía eran llantos y más llantos propios de los que son dedicados al que se fue para no volver. Al otro lado del ataúd apareció un hombre de buena contextura física que me resultaba curiosamente familiar. Con solo la derecha agarró y tapó las dos manos del mongol. Suspirando hondo, con los ojos irrigados en sangre, empezó a reprocharle en voz alta un “¿Qué hiciste, monstro? ¿Qué hiciste?”

—Fuerza, Aranda. Fuerza—, le pidió el hijo mayor de Doña Luisa, acercándose, y ahí me di cuenta de quién era ese tipo: difícil reconocer al Superpibe cuando el pendejo ya había llegado a los cincuenta.


Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi. Martín lo había echado del gimnasio poco antes de que Galtieri le declarara la guerra a los ingleses. Nunca había ocurrido algo así entre nosotros. Esa fue la primera vez. Lamentablemente tampoco fue la última. El armenio era muy reservado. Un tipo cuidadoso. Cuando nos explicó que lo había dejado afuera de la troupe porque se había retirado el sponsor del personaje, ninguno le creyó. Pero tampoco volvimos a preguntar o hablar del tema. Sus buenas razones habrá tenido Martín para hacer lo que hizo.

A Aranda lo había traído Gengis Khan. Se conocían del barrio. Se tenían mucho aprecio. Y cuando el mongol sintió que ya había pagado derecho de piso y que era un auténtico titán, le pidió a Martín que lo dejara entrenar a Aranda porque veía en el chico cualidades. Y no se equivocaba.

El pibe entró junto con un protegido de Joe Galera, aquel que llegaría a ser el Caballero Rojo, después de haber sido el Hombre Vegetal, después de haber sido Dink-C. De hecho, Aranda pudo haber sido Dink-C. Estaban disponibles esos dos personajes, Dink-C y el Superpibe; y para ver con cuál se quedaba cada uno hicieron una lucha grecorromana. El vencedor elegía.

Ganó Aranda, ahicito nomás, y pidió ser el Superpibe. Lo escogió porque pensó que con ese personaje se aseguraba su presencia en el programa y, además, una cierta popularidad garantizada desde el vamos entre todos los chicos a la hora de la merienda. Dink-C era solo un jugo de naranja que recién aparecía. ¿Cuánto iba a durar? Bueno, Aranda se equivocaba: la leche chocolatada Superpibe dejó de auspiciar a los titanes no bien terminó el contrato; mientras que los jugos Dink-C en todas sus variedades lo renovaron durante cinco temporadas hasta que la fábrica quebró.

Aranda ni salió a buscar nuevo auspiciante ni se preocupó en crear una nueva figura para que él mismo encarnara. Era un pendejo tosco y orgulloso. Bruto como él solo. Era un pendejo tosco, orgulloso y bruto que había tenido hacía poco a su primera hija... y que se había quedado sin trabajo para alimentar a la familia.

Así fue como de ser un titán pasó a ser un fumigador, como el suegro. Cambiando el ring por alacenas y bajomesadas. Dejando de combatir contra el Hombre Montaña, el Coreano Sun o el Pibe Diez para entablar una lucha diaria contra hormigas, cucarachas y demás plagas domésticas. Aranda hacía más de veinte años que se lo pasaba destilando veneno mientras trabajaba y, sobre todo, cuando recordaba lo que había perdido.


Los empleados de la cochería Coelho le avisaron a Doña Luisa que ya era hora de llevar el cuerpo de su marido al cementerio. Sus hijos la ayudaron a levantarse del sillón donde estaba hundida y caminaron hasta la parte de la sala en que estaba el cajón. Ahí, ella y sus tres chicos miraron a todos los que estábamos presentes. Solo nos miraron, no dijeron nada. Porque estaba todo dicho. Había llegado el momento de darle el último adiós al mongol.

El Diábolo salió con Sancho Panza colgado de un hombro. Lo mismo el Hombre Cavernario con David el Pastor. La manera en que lloraba Atila el Huno era desgarradora. Alcancé a ver los hilos de saliva uniéndole ambos labios y la vista se me nubló con mis propias lágrimas. Suspiré, suspiré hondo, y encaré una vez más al ataúd.

Julio César, el gran emperador romano, le había pasado la mano derecha por debajo de la nuca. Al principio, no entendí qué era lo que estaba haciendo y eso que yo tantas veces lo había relatado. Julio César lo estaba agarrando de la colita, de esa larga trenza encanecida que aún conservaba el sodero mongol como único rastro de pelo en toda la cabeza.

—¡No! ¡De la colita, no!—, le gritaba yo al micrófono mientras Gengis Khan desesperado pedía piedad al público; y los chicos se morían de la risa ante el castigo inminente que estaba por caer sobre el villano.

—Dale, macho. Dejate de joder. Levantate—, le rogó Julio César.

Seguro él también había pensado que nos estaba jodiendo, que iba a abrir los ojos y dar su grito de guerra. Pero no. Era verdad nomás. Gengis Khan ya no se iba a levantar más.

Un vecino de la familia, creo que se llamaba Héctor, puso su transporte escolar a disposición de todos aquellos que quisieran participar del entierro. La mayoría nos subimos a ese colectivo viejo y anaranjado. Iba lleno. Como en las épocas en las que llevaba gente hasta las estaciones de trenes en lugar de alumnos a un colegio. El Superpibe Aranda iba parado detrás del asiento del conductor, pegado a su oreja derecha. Agazapado como si fuera conversando con él. Pero no le dirigía la palabra. Porque ninguno en el colectivo hablaba.

Llegamos al cementerio de Villegas. Héctor apagó el motor del bondi y toda la carrocería dejó de temblar. Nosotros, los pasajeros, no. Descendimos uno a uno por la única puerta habilitada y nos encontramos con la peregrinación que ya había empezado.

Llevaban el cajón los hijos y otros familiares. Cuando llegamos a los nichos y encararon para la rampa que los iba a hacer subir hasta el segundo piso donde serían depositados los restos mortales del mongol, el pibe más grande de Gengis Khan le cabeceó a Julio César y entonces los titanes se hicieron cargo.

El gran emperador romano y la Momia, luchador sordomudo, adelante. Al medio El Ejecutivo y el Ancho Peucelle. Atrás Míster Moto y el Caballero Rojo, anteriormente conocido como el Hombre Vegetal y otrora Dink-C, que alcanzó a agarrar la última manija cuando estaba a punto de tomarla el ahora mucho más envenenado Superpibe Aranda.

—El monstro era como mi papá —pronunció Aranda mordiendo los dientes.

—Gengis Khan era un titán. Vos, no —le retrucó en voz baja el Caballero Rojo, antes de levantar al unísono junto a los otros cinco el cajón sobre sus hombros.

El Superpibe Aranda se quedó duro donde estaba. La procesión siguió adelante. Cuando el Gitano Ivanoff pasó al lado de Aranda, le quiso apoyar una mano en el hombro. Mano que el Superpibe rechazó.

Minutos más tarde, los seis luchadores encastraron el ataúd donde estaba designado y volvieron a unirse al resto de los presentes. El Padre Gregorio, un sacerdote capuchino conocido de la familia, dio unas últimas palabras muy emotivas recordando las alegrías que generaba lo que hacía el mongol, lo que hacíamos nosotros. El cura dijo que el mundo, aunque pareciera que se hubiera olvidado, así como necesitaba a Jesús también necesitaba de lo que daban los Titanes en el Ring.

Amén, respondimos todos a esa idea. Amén, deseamos todos por el descanso eterno de nuestro hermano y compañero.

Antes de que sellaran el nicho, cada uno nos desprendimos de algo para que acompañara a Gengis Khan en su último viaje. Muñequeras de toalla, medallas de plata, máscaras varias y flores, muchas flores. Calas, como si estuvieran fileteadas a los costados de la foto en sepia del mongol. Esa foto que había estado en no sé cuántos álbumes de figuritas. Esa foto que ahora coronaba la placa que le habíamos mandado a hacer entre todos, con la leyenda sacada de nuestra primera canción, la de nuestra primera película:


A los héroes que sueñan con la gloria

Gladiadores que luchan hasta el fin.

Junio de 2002


Acompañamos a Doña Luisa y a sus hijos hasta el coche fúnebre que los iba a llevar de vuelta hasta su casa, ahí en el barrio de Atalaya.

—Gracias por haber estado en este momento, Jorge. Gracias a todos —dijo antes de refugiarse en el interior del vehículo.

Después de que se fueron, nos despedimos entre nosotros, mintiéndonos eso de no esperar hasta otro velorio para vernos. La mayoría nos volvíamos hasta la plaza de Casanova en el micro escolar. Otros iban a caminar hasta la ruta porque por ahí pasaban colectivos que los llevaban a sus casas. Pocos eran los que tenían vehículos propios.


Íbamos saliendo de Villegas y de repente Aranda se le cruzó a pie al Peugeot del Caballero Rojo, que clavó los frenos. Todos los que iban adentro del vehículo se sacudieron haciendo un involuntario saludo al rey. Como nosotros estábamos detrás, prácticamente pegados a la cola del auto, Héctor tuvo que hacer la misma maniobra y dentro del colectivo rebotamos como zapallo en carro.

Cuando logré incorporarme, noté que el Superpibe Aranda estaba buscando irse a las manos y le pedí a Héctor que abriera la puerta para bajar a poner paños fríos. El Hombre Cavernario y David el Pastor corrieron las ventanillas y cogotearon para ver qué era lo que estaba pasando. Míster Moto y el Gitano Ivanoff en la Harley tiburonearon alrededor del 504 del Caballero Rojo.

Aranda le dio dos golpes de puño al capot y después, mientras sacudía la misma mano, le dijo:

—¡Porque sos uno de los putos Titanes en el Ring, quién te crees que sos!

—¡Salí del camino, mamarracho! —le gritó la mujer del Caballero Rojo.

Yo había llegado hasta ese costado del auto. Cerré los ojos cuando la escuché. Los volví a abrir y me encontré con la sonrisa de oreja a oreja del Superpibe Aranda. Entonces él retrucó y de esa ya no hubo vuelta atrás.

—¡Uy, bravo el gato rubio! Seguro pelea mejor que vos, Caballero Rojo. Digo, no. Si yo te gané una vez y después nunca te animaste a pedirme la revancha. Mi ring está a la vuelta —y señaló al paredón trasero del cementerio.

El Caballero Rojo agarraba con tanta fuerza el volante que estaba a punto de quebrarlo. Y menos mal que el motor del Peugeot se había parado porque si no, no sé si metía primera y se lo llevaba puesto como sorete en pala.

Estaba pensando en eso cuando la mujer del Caballero Rojo le pidió dos cosas a su pareja. La primera: las llaves del auto para volver hasta su casa en San Telmo y llevar a la suya a la mujer de La Momia. La segunda, textual, la mujer del Caballero Rojo mirando al Superpibe Aranda le dijo a su marido:

—Estropealo.

Ellos se dieron un pico. La Momia besó en la frente a su chica. Recién entonces bajaron los dos hombres del 504. Lo mismo empezaron a hacer del transporte escolar el resto de los Titanes. La gente también quiso venir a ver la pelea. Pero los atajó Julio César. El gran emperador romano se quitó los anteojos negros y, mirando a todos los pasajeros, Padre Gregorio incluido, les advirtió:

—Esto es entre nosotros, ¿estamo?

Detrás de Julio César se cerraron las puertas del colectivo. Varios chicos con las manos hacían viserita contra la ventana intentando ver más allá, adonde se iba a dar el combate. El bondi de Héctor giró para el lado opuesto, volviendo a seguir al Peugeot.

En el callejón trasero del cementerio de Villegas, Aranda abría y cerraba los brazos de forma exagerada haciendo movimientos de precalentamiento. El Caballero Rojo se plantó delante de él, a unos tres metros. La envergadura física de los contendientes era importante. El resto los rodeamos en círculo esperando ver cuál de los dos iba a tomar la iniciativa. Lo hizo el Superpibe que de una se fue arriba para volcarlo, sorprendiendo al Caballero Rojo que salió despedido.

Aranda sonreía feliz de haber sido el que dio el primer golpe. Algo estaba a punto de verduguear cuando el Caballero Rojo se desplazó enfurecido para quedar trabados ambos en doble candado. Una prueba de fuerza en la que se establecería quién era el que iba a lograr prevalecer en esa posición. Logró zafar el Caballero Rojo y Aranda le quedó servido para un medio mundo.

Después de una infructuosa patada voladora fueron al enganche y el Superpibe Aranda logró el volteo a su favor, quedando encima del Caballero Rojo que giró en la calle evitando la puesta de espalda. Mientras se incorporaba, el Superpibe le tiró con las piernas otra tijera cruzada a la garganta. El Caballero Rojo cayó una vez más pero se recobró para lograr darle un tirón de cabello. Luchador experimentado y recio, el Caballero Rojo reaccionó atacando con todo, logrando que el Superpibe clavara rodilla en tierra.

Desde esa posición, Aranda le dio un descalificador cortito en las costillas, mostrando que indudablemente no habría sido un Titán pero sí un hombre de sumo peligro. Después tomó al Caballero Rojo para aplicarle un candado de costado y hacerlo caer violentamente pesado. Lo dejó que se parara y lo buscó hasta tenerlo para devolverle el tirón de cabello y así darle de lleno en el rostro una patada de canguro. El Caballero Rojo había hincado las dos rodillas en el suelo. Aranda lo empezó a estrangular con una llave al cuello. La cara del Caballero Rojo se le puso tan roja como si en ese momento estuviera llevando puesta su máscara.

En auxilio de su compañero, la Momia, luchador sordomudo, más fuerte que el acero y paladín de la justicia, entró al combate y le aplicó al Superpibe una doble Nelson para lograr separarlos. Míster Moto se sumó a la lucha e intercedió a favor de Aranda. Y cuando le hizo la toma manubrio a la Momia, la que protege a los buenos y castiga a los malos... Míster Moto la rompió.

Llegamos a las corridas al Hospital Paroissien en la Ruta 3. Haciendo hamaquita con los brazos, Ararat y el Diábolo llevaban a la Momia. Detrás íbamos escoltando todos, menos Aranda. Cuando entramos en la guardia dijimos que era una urgencia. El policía que estaba en la entrada reconoció al Ancho Peucelle y a Míster Moto.

—¿Ustedes no son los Titanes en el Ring?

—Sí, oficial.

—¿Y a este qué le pasó? ¿Quién es?

—Es la Momia. Se fracturó un brazo.

—Eso es imposible, ¿no? Si la Momia está toda quebrada —comentó sonriendo y a ninguno de nosotros nos hizo gracia.


Mientras le sacaban radiografías y enyesaban a la Momia, el Caballero Rojo, El Ejecutivo y el Androide se quedaron acompañándolo. El resto nos internamos en el bufé del hospital. Yo necesitaba un café y los muchachos devorarse por lo menos un pebete completo.

Sentados alrededor de una única y larga mesa que habíamos armado al juntar varias, ninguno hablaba. También mudo, el televisor del lugar encastrado en lo alto de una esquina mostraba imágenes de una manifestación en el Puente Pueyrredón.

La estación de Avellaneda era una batalla campal. Podía verse cómo un chico atendía a otro que estaba caído, y merodeando a un policía que empuñaba un arma larga. El pibe estiraba un brazo hacia adelante rogando que se detuvieran. Todos miraban para otro lado. Como solía hacer William Boo, nuestro obeso referí bombero. Otro que ya se nos había ido.

Atila el Huno pidió la cuenta. Sancho Panza hizo la división y dijo cuánto teníamos que poner cada uno. El Diábolo se puso a juntar los billetes. David el Pastor preguntó quién lo podía bancar porque solo tenía guita para el colectivo. El Hombre Cavernario le dijo que lo invitaba. Y Julio César, el gran emperador romano, detrás de sus anteojos negros no podía ocultar que seguía llorando.



El 26 de junio de 2002, en las inmediaciones de la estación ferroviaria de la ciudad argentina de Avellaneda, en el Gran Buenos Aires, fue reprimida una manifestación de grupos piqueteros. En la persecución fueron asesinados por efectivos de la Policía Bonaerense los jóvenes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, pertenecientes al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) Guernica y MTD Lanús, respectivamente. Además se registraron 33 heridos por balas de plomo entre los manifestantes.

Este cuento integró la antología preparada por Juan Diego Incardona y Santiago Llach, Los días que vivimos en peligro (Emecé, 2009).

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