"Glaxo", entre Saer y Walsh

Actualizado: mar 18

Por Sylvia Saítta | Nota publicada en El Ansia 1

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En 2008, en un movimiento quizás aprendido en Ricardo Piglia —quien, a su vez, lo aprendió de Borges—, Hernán Ronsino publica sus "Apuntes de un lector", y explicita, de este modo, algunos mapas de lectura para su propia literatura. Atento a las filiaciones y afiliaciones literarias, elige a determinados escritores argentinos, compone el escenario donde transcurren sus propios textos y define líneas de la tradición nacional desde las cuales busca ser leído. (1)

En ese ensayo, Ronsino escribe sobre Juan José Saer, sobre Cesare Pavese en Saer, sobre las dos grandes tradiciones literarias que confluyen en la narrativa de Saer: la que culmina en la zona de Saer y que tiene como ámbito central el río —una tradición cuyo comienzo, dice Ronsino, está en La ribera y El agua de Enrique Wernicke, y que continúa en Sudeste de Haroldo Conti— ; y la que está en la base de la frase de Saer, marcada por el ritmo de Juan L. Ortiz y por la minuciosidad obsesiva de la frase seca y corta de Di Benedetto. Dos tradiciones —el río como espacio geográfico y una forma de la frase— que se suman a "la experiencia de vida de Saer, ahí, en esa zona del litoral, junto a ese río": como en Conti y Wernicke, la experiencia es en Saer aquello que antecede a la escritura, una "forma de registro", una "huella de lo vivido". Retomando hipótesis de Infancia e historia de Giorgio Agamben, concluye Ronsino, en Saer esa experiencia nace en la infancia, en "esa tierra en la cual se pasa de la lengua al discurso", que se reinventa y se recupera desde el tiempo de la escritura, porque la escritura es aquello que salva a la experiencia vivida al registrarla y transmitirla. (2)


En ese otoño de 2008, Ronsino ya había publicado su primera novela, La descomposición, ponderada por la crítica literaria por su afinidad con la literatura de Saer, escritor al que, en efecto, la novela de Ronsino cita, reescribe, rinde homenaje. (3)

En su reseña, Beatriz Sarlo subrayaba, precisamente, esa afiliación: "Me sorprendió el aire saeriano de la novela, en un momento en que creí que nadie de 32 años, como Ronsino, podía escribir de modo tan explícito, pero a la vez tan interesante y arriesgado, a partir de Saer. Es más, esta novela es a Saer como los cuentos borgeanos de En la zona son a Borges: un punto de partida que luego se diluye pero que, una vez encontrada la propia voz, la propia manera, permanece como una fundación geológica secreta (…) Saer joven estudió una forma de ver en Juan L. Ortiz, y Ronsino, en Saer". (4)

Si en términos narrativos la obra de Saer se cierra con su muerte, el 11 de junio de 2005, y con la publicación póstuma de su extraordinaria novela La grande en octubre de ese mismo año, las primeras narraciones de Ronsino —como años antes, los relatos de Sergio Chejfec y Sergio Delgado— muestran que ese mismo cierre abrió un nuevo ciclo de lectura. "La grande —afirma Carlos Gamerro— es la última novela de Saer, pero no su novela final” (5); “cerrado por la muerte de su autor —sostiene Sarlo—, el ciclo novelístico es hoy precisamente eso: un anillo que gira pausadamente". (6)

Y efectivamente, si en el sistema narrativo de Saer la aparición de una nueva novela o relato reescribía a los anteriores, la publicación de La grande, con la reaparición de los personajes de sus relatos anteriores y el planteo de situaciones que se entrecruzan con las de textos previos y que transcurren en la zona, crea nuevas figuraciones y nuevos sentidos en una obra que, como su última novela, permanecerá inacabada y abierta a lecturas futuras.

Como en las narraciones de Saer, entonces, La descomposición transcurría en un espacio que no es ni la ciudad ni el campo; una zona literaria donde hay un asado, amigos que hablan sobre literatura, historias fragmentadas, un periodista del diario local, un limonero. Un clima y un espacio saereanos que se revelan también en el tono, en la estructura de la frase, en un modo de mirar. La segunda novela de Ronsino, Glaxo de 2009, fortalece ese comienzo. Y lo hace también como cita, en la voz de Bicho Souza, un personaje que viene de La descomposición: "Cruzo la avenida. Las luces resbalan sobre el asfalto mojado. Siento que estoy caminando en otro lugar, que estoy de viaje, que busco un restorán para cenar, que hay un río cerca, una costanera bordeada de faroles que iluminan, con manchas, los bordes del ríos". (7)


La acción transcurre en el mismo espacio que La descomposición: un pueblo de la provincia de Buenos Aires que conserva, en tanto ruinas, las marcas de un pasado de progreso social y de bienestar económico, en el que algunos personajes, como Bicho Souza, reaparecen. Como Saer, pero también como Juan Carlos Onetti —autor citado en el epígrafe de la primera novela—, Ronsino diseña los contornos de una zona o territorio ficcional que sientan las bases de la unidad de lugar de una literatura que pareciera inscribirse sin conflictos —y sin la angustia de las influencias— en una de las tradiciones más prestigiosas de la literatura nacional.

En Glaxo, hay, entonces, un pueblo, habitantes que se conocen desde siempre, historias y versiones de esas historias; un pueblo por el que pasaba un tren que, en el presente de la narración, ha dejado de funcionar: la primera escena del libro es, precisamente, la que describe a uno de los personajes observando cómo una cuadrilla de obreros levanta las vías ya en desuso del ferrocarril.

En ese espacio cerrado, cuyos habitantes se conocen desde siempre y donde proliferan, como en todo pueblo real o imaginario, las historias y las versiones de esas

historias, anida un secreto que si bien pertenece al ámbito de lo privado —la traición al

amigo—, desborda esos límites para inscribirse en otra historia.

Los cuatro relatos que componen Glaxo —son cuatro narradores, cuatro cortes temporales, cuatro ritmos narrativos— se complementan pero no cuentan la totalidad de una historia que sostiene, hasta el final de la novela, una elipsis narrativa. Porque hay algo que no se dice, o que se dice más tarde, el relato mantiene el suspenso sobre la verdad de una traición que va anunciándose, de modo velado, a lo largo de sus páginas. El pasado, como el presente, encierra secretos y mentiras, y nadie sabe nada por completo.

La historia es compleja: un joven mantiene una relación sentimental con la mujer del suboficial corrupto de la comisaría del pueblo; al pensarse descubierto por el suboficial, acusa a su amigo; el suboficial, para vengarse del que supone amante de su mujer, comete un crimen para atribuírselo; por ese crimen, el traicionado y falsamente acusado debe pagar años de cárcel, lejos del pueblo.

Pero un día regresa. La novela avanza sobre la expectativa del encuentro entre el que traicionó y el que fue traicionado; un encuentro entre esos dos amigos que, de jóvenes, imaginaban ser los protagonistas de un western americano. La expectativa es que el duelo entre ambos será inevitable; o que ambos finalmente se enfrentarán al suboficial corrupto. (8)

No obstante, ambas expectativas resultan frustradas. Glaxo trabaja con el imaginario del western cinematográfico —recurrentemente citado en la novela— pero para desmentirlo. Mientras el western es un relato de origen a partir del cual una sociedad puede constituirse, Glaxo apela a su imaginario pero para mostrar los despojos de una sociedad al borde de su disolución. Y en ese ámbito, no hay lugar para héroes míticos ni relatos fundacionales porque el representante de la ley ha dejado de ser el sheriff incorruptible del western para encarnarse en un oscuro suboficial de pueblo, protagonista de los fusilamientos de León Suárez en 1956. En el epígrafe con el que se abre la novela —una cita de Operación masacre de Rodolfo Walsh—, la novela expone su hipótesis política y propone una causalidad histórica sobre la que se asienta el relato fundacional de un pueblo —que bien puede ser pensado como metáfora de la Argentina— en el que, a diferencia del western, se quebraron los vínculos entre moralidad, ley, Estado y justicia.

Con ese epígrafe de Rodolfo Walsh —como lo había sido el epígrafe de Onetti en la novela anterior—, Glaxo señala la otra tradición de la que busca ser parte. No casualmente, es el mismo Ronsino el que enfatiza la función de los epígrafes en sus novelas cuando responde, en una entrevista de Juan Manuel Bellini, que cada epígrafe es "como un diálogo, querer resaltar que hay una comunicación, porque me interesa recuperar y repensar una tradición para posicionarme en un lugar. Muchos autores de mi generación hacen el esfuerzo por cortar todo tipo de contacto, como que a partir de ese corte se funda la literatura. Hay un desprecio por todo lo que viene atrás". (9) Pero a su vez, con esa cita de Walsh y la presencia de un personaje que bien podría haber sido parte de Operación masacre, Ronsino toma distancia de Saer e inscribe a su novela en la historia política nacional.


(1) Hernán Ronsino, "Apuntes de un lector", No-Retornable, otoño de 2008.

(2) Hernán Ronsino, "La invención del otro río. Entre la ribera y el sudeste", Fledermaus, n.° 1, noviembre de 2005.

(3) Hernán Ronsino, La descomposición, Buenos Aires, Interzona, 2007.

(4) Beatriz Sarlo, "Afinidades electivas", Perfil, 16 de diciembre de 2007.

(5) Carlos Gamerro, "Una semana en la vida", Radarlibros, Página/12, 27 de noviembre de 2005.

(6) Beatriz Sarlo, "El tiempo inagotable", La Nación, 2 de octubre de 2005. Recopilado en Escritos sobre literatura argentina, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2007.

(7) Hernán Ronsino, Glaxo, Eterna Cadencia, 2009; p. 36.

(8) "Pero lo más importante pasó ayer. Y esto hay que decirlo. Bajó del tren con la cabeza rapada y una piel rancia (…) El humo de la máquina nos rodeaba. Parecía una escena de algún western: me acordé de El último tren, pero el Flaco Vardermann no se parecía a Kirk Douglas." (Hernán Ronsino, Glaxo, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009; p. 73)

9. Juan Manuel Bellini, "Hernán Ronsino: literatura con antecedentes", La Pulseada, 19 de

marzo de 2012.

 

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