La mesa vaticana

Por Selva Almada | Nota publicada en El Ansia 1

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Buscamos algo sobre la mesa vaticana, como Alberto Laiseca llama a su escritorio. Un mueble de grandes proporciones, acorde al tamaño (y al desorden) de su dueño, que pasa gran parte de su día apoltronado frente a él. Lo ayudo a buscar y los dos sabemos que es inútil: en la mesa vaticana las cosas desaparecen durante años; a veces para siempre, a veces para aparecer cuando ya no son necesarias.

El escritorio es antiguo, de una madera noble. La superficie se pierde (la mesa vaticana se pierde en la propia mesa vaticana) bajo libros, cajas de medicamentos, bolsas con cajas de medicamentos vacías, ceniceros, atados de cigarrillos que del atado solo conservan el papel metálico: desde que empezó la morbosa campaña que ilustra el packaging con fotos de moribundos, pulmones carbonizados, fetos azules por la falta de oxígeno, Lai les saca el envase y solo deja la cobertura plateada para que los cigarrillos sueltos no se le pierdan en ese maremágnum de objetos. También hay papeles: escritos con su letra enorme de imprenta y otros en blanco, pero casi todos amarillentos, con manchas de mate o café o con los círculos de humedad que deja un vaso cuando se lo apoya. Y una botella de cerveza y una botella de agua y facturas de servicios a pagar. Entre esos papeles escritos se ocultan los borradores de los primeros capítulos de La puerta del viento, la novela que está escribiendo, la que le debe a su juventud, su versión de la guerra de Vietnam, quizá la única manera de poder dejar definitivamente alguna vez su propio Vietcong. Y un cuento que acaba de escribir para olvidarse que es verano y hace calor, para protegerse de los chichis que fermentan en la canícula como la levadura, para espantarlos, mantenerlos a raya, para que vuelvan a la zona indefinida de la oscuridad adonde pertenecen. El cuento se llama “La zombie blanca que tenía las tetas negras”.

Unos años atrás jamás me hubiese atrevido a tocar nada de lo que hay sobre el escritorio. Y si, de comedida o de distraída, hubiese amagado cruzar ese límite, Laiseca me habría detenido. No le gusta que nadie toque sus cosas. Sin embargo, con los años me he ganado ciertos derechos: este de meter mano en su mesa vaticana, o decirle que abramos la puerta que da el patio así se ventila el pequeño dos ambientes donde vive, o sugerirle que se quite ese chaleco porque la sensación térmica marca 35° y, con chaleco, creo yo, el verano húmedo de Flores es más difícil de atravesar.

Conocí su mesa vaticana recién cuando se mudó a Caballito, tras la muerte de su última mujer. Antes, en el hermoso departamento que compartían en San Telmo, su escritorio estaba en otra habitación a la que los discípulos no teníamos acceso. Pero ya en Caballito todo: escritorio, cama, bibliotecas, gatos y alumnos convivimos en el mismo espacio.

Ahora que lo pienso, durante muchos años, ese escritorio estuvo bastante despejado: solo algunos pocos libros que Laiseca usaba para preparar Cuentos de terror, su programa de I-Sat. Y, por supuesto, algunos papeles con apuntes. Pero había lugar suficiente para que nosotros apoyáramos nuestros propios papeles y hasta brazos, codos, cabezas para escucharlo leer. Es un lector formidable e instintivamente nos acomodábamos así, como nenes dispuestos a oír una historia.

No sé en qué momento el escritorio fue convirtiéndose en la mesa vaticana, como no sé en qué momento el erguido, enérgico y siempre altísimo Lai se fue convirtiendo en este gigante gruñón al que cada vez le cuesta más abandonar su cueva. Cuando uno comparte tantos años con alguien, los años, justamente, dejan de ser una medida exacta del tiempo, se van diluyendo, mezclando, empezamos a olvidar el momento exacto en que tal cosa.

La mesa vaticana, como todo mueble de prosapia, merece una silla acorde. La silla que acompaña a la mesa es fuerte, enorme, con apoyabrazos. Le decimos "el trono". En el trono y frente a la mesa, el Conde descansa sus asentaderas gran parte del día.

Nos rendimos: eso que buscamos no va a aparecer esta noche. La Chop, la única gatita que le queda desde que, en un año, perdió a su otra gata, la Greta, y a sus dos perros akita, Kendo y Kazu, salta sobre la mesa y revuelve con sus patas el alboroto de cosas y papeles que armamos en nuestra búsqueda, como si quisiera ayudarnos a devolverle el orden, su desorden natural, mejor dicho, a la mesa. Después de dar algunas vueltas, se sienta debajo del velador, metiendo la cara bajo la pantalla, levantándola hacia la bombita encendida, entrecerrando los ojos, como una damisela bebiéndose todo el sol de este tórrido verano.

Este verano, pese a todo, es mejor que el anterior. El año pasado Lai estuvo internado algunos meses por una caída en un hotel de Rosario que le provocó una fisura de cadera. Fue largo aquel verano para él. Tendido, inmóvil en la cama para que soldara el hueso, sin televisión, leyendo y mirando cómo transcurría el día por una pequeña ventana. Sus discípulos íbamos a verlo todos los días, nos turnábamos para que nunca le faltase un poco de compañía diaria; de acuerdo a las ocupaciones de cada uno íbamos a la mañana o a la tarde, en los dos horarios permitidos. Era el paciente que más visitas recibía. Un día, una de las enfermeras, asombrada de encontrarlo todos los días acompañado, le dijo: usted parece una religión.

Cuando dejamos de buscar eso que no encontramos, Lai me pasa el parte de encargos de la semana: servicios que pagar, facturas que entregar, correos que responder, medicamentos que comprar… anote, anote, me dice todo el tiempo, desconfiando de mi buena memoria. Aunque es un negado de las computadoras y de internet, con los años fue incorporando algunas nociones y aceptando algunas ventajas de la tecnología: él no mete las manos ahí, soy yo quien hace el trabajo sucio, quien pacta con el Príncipe de las Tinieblas, según él, padre de la computación y las comunicaciones electrónicas. Pero se fue dando cuenta de que algunas bondades tiene, así que además de decirme: mande un mail a tal, cuando tiene alguna presentación en alguna parte siempre me pregunta: ¿Ya lo subió al blog, Chanchín?

Una vez que termina de pasarme la lista de mandados, lo primero que hacemos cada lunes a la noche cuando llego a su casa, Lai se distiende como quien se saca un peso de encima. Se recuesta en el trono, prende un cigarrillo, me sonríe como el monstruo amable que es y me dice:

–Qué alegría verla, querida.

Y sí, qué alegría verlo, Lai Lai.

 

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